En octavo básico le pregunté a mi profesora de biología cómo era posible que las células, si estaban hechas de átomos —que se supone que son materia inerte—, generaran vida. ¿En qué momento ocurría eso? Su respuesta fue: “No pregunte tonteras; si sigue molestando, lo echo de la sala”. Esa pregunta me persigue hasta el día de hoy, y este capítulo es, en parte, mi intento tardío de responderla.
Mi objetivo es cuestionar la forma en que solemos dividir la materia en viva e inerte, categorías aparentemente absolutas y de paso destruir la división entre vida y muerte. Mi propuesta es que esas fronteras son menos duras de lo que creemos y responden, en gran medida, a la necesidad humana de clasificar un proceso que, en esencia, es continuo.
Para comprender esta idea, basta observar cómo concebimos el día y la noche. Hablamos de ellos como si fueran dos estados perfectamente diferenciados; sin embargo, entre ambos existe una transición permanente: el amanecer, el crepúsculo y el ocaso. En rigor, no hay un instante preciso en que termina el día y comienza la noche. Lo que llamamos “día” y “noche” son conceptos útiles para orientarnos, pero no describen una separación real en la naturaleza, sino un continuo que hemos fragmentado para comprenderlo.
Sostengo que algo similar ocurre con la vida y la muerte. La materia no deja de existir cuando un organismo muere; simplemente se reorganiza y continúa formando parte de un proceso ininterrumpido de transformación. Del mismo modo, la distinción entre materia viva y materia inerte depende del criterio que utilicemos para observarla. Los mismos átomos que hoy constituyen un ser vivo, antes formaron parte de estrellas, océanos, montañas que consideramos materia inerte y luego se recompone en otros organismos, y seguirán integrándose en nuevas configuraciones mucho después de nuestra desaparición.
Desde esta perspectiva, la vida y la muerte no representan estados absolutos, sino nombres que damos a distintos momentos de un mismo proceso. Son categorías que reflejan nuestra minúscula y microscópica escala de observación más que la naturaleza profunda de la realidad. Quizás aquello que percibimos como muerte no es más que el inicio de una nueva vida, y aquello que llamamos nacimiento es inexorablemente una futura materia inerte, en definitiva un ciclo infinito de reorganización de la materia que nunca dejó de formar parte del universo.
Primero tenemos que partir por recordar las características que nos enseñaron en el colegio de lo que es la vida, o más bien qué define a un ser vivo, que son conceptos parecidos, pero no son lo mismo.
Según la definición académica, los seres vivos son sistemas complejos definidos por poseer organización celular, metabolismo, homeostasis, crecimiento, reproducción, respuesta a estímulos y capacidad de evolución. Intercambian materia y energía con el entorno, mantienen un medio interno estable y transmiten su información genética, diferenciándose así de la materia inerte. Sr. lector, permítame invitarlo a ampliar la mirada, observando el fenómeno desde una posición menos antropocéntrica.
En primer lugar, la organización celular sostiene que todo ser vivo está formado por una o más células, consideradas la unidad básica de la vida. Incluso los organismos más simples, como las bacterias, poseen esta estructura organizada. No obstante, esta afirmación responde a nuestra experiencia y a nuestra forma de concebir la vida. Eventualmente, podrían existir formas de vida que no dependan de estructuras celulares. Si ampliamos la mirada, podríamos reemplazar la noción de estructura celular por la de estructura molecular. En ese sentido, una estrella podría considerarse como un sistema organizado, que nace, crece y finalmente muere, compuesto por átomos y moléculas que interactúan entre sí y que, además, intercambian energía con el entorno, de una forma que, en ciertos aspectos, recuerda —aunque sea de manera lejana— a lo que ocurre en una célula.
En segundo lugar, el metabolismo implica que los seres vivos realizan reacciones químicas para obtener y utilizar energía y materia. Esto incluye procesos como la fotosíntesis o la respiración celular. Si bien una piedra no presenta metabolismo en el sentido bioquímico que observamos en los organismos vivos, sí participa en intercambios energéticos con su entorno. Por ejemplo, una piedra expuesta al sol absorbe radiación y aumenta su temperatura; en condiciones de frío, en cambio, pierde calor. Desde una perspectiva amplia, este intercambio podría interpretarse como una forma elemental de relación energética con el entorno, que, si bien no es equivalente al metabolismo, guarda cierta analogía funcional.
En tercer lugar, la homeostasis se refiere a la capacidad de mantener condiciones internas relativamente estables a pesar de los cambios en el entorno. En este punto, podría decirse que un mineral cumple, en cierto grado, con esta característica, ya que mantiene su estructura a lo largo del tiempo frente a variaciones ambientales. Es cierto que puede fracturarse ante cambios bruscos de temperatura, pero algo similar ocurre con los organismos vivos cuando son sometidos a condiciones extremas: también pierden su estabilidad estructural y dejan de funcionar. En este sentido, la diferencia podría entenderse más como una cuestión de grado que de principio.
En cuarto lugar, el crecimiento y el desarrollo en los seres vivos está guiado por información genética, principalmente por el ADN. Sin embargo, si cambiamos la escala temporal hacia una perspectiva geológica, observamos que las rocas y las formaciones minerales también experimentan procesos de crecimiento. Las grandes rocas pueden entenderse como el resultado de la acumulación progresiva de partículas más pequeñas, como granos de arena, que se van agregando a lo largo de millones de años. De manera análoga, las cordilleras y el propio planeta se han formado mediante procesos de agregación y transformación. Desde esta perspectiva ampliada, el crecimiento mineral podría interpretarse como una forma de desarrollo estructural.
En quinto lugar, la reproducción suele entenderse como la capacidad de generar nuevos individuos, ya sea de manera sexual o asexuada. A primera vista, resulta absurdo pensar que una estrella pueda reproducirse. Sin embargo, cuando una estrella gigante muere y estalla como supernova, la materia que dispersa termina formando nuevas nubes de gas, de las que nacen otras estrellas. Si consideramos ese proceso, podríamos establecer una analogía —aunque imperfecta— con ciertos mecanismos de reproducción. No se trata de reproducción en sentido biológico, pero sí de una dinámica de transformación y reiteración estructural.
En sexto lugar, la respuesta a estímulos parece ser un punto más evidente. Una piedra responde a su entorno: se calienta al sol, se enfría en ausencia de calor, se expande o contrae según la temperatura. Estos cambios indican que existe una interacción constante con el entorno, una forma de “respuesta” a las condiciones externas. Aunque esta respuesta es puramente física, no deja de ser una manifestación de interacción con el medio.
En séptimo lugar, la evolución y la adaptación suelen entenderse como procesos exclusivos de los seres vivos. Sin embargo, podría sostenerse que este principio se manifiesta también en niveles más elementales de la naturaleza. Los átomos, al intercambiar electrones y formar moléculas estables, no evolucionan en un sentido biológico, pero sí tienden a organizarse en configuraciones que favorecen su estabilidad y permanencia. Desde esta perspectiva, la adaptación biológica sería una manifestación particular de un principio más general: la tendencia de la naturaleza a organizar la materia en formas cada vez más estables y complejas.
Comparto plenamente la idea que tiene Humberto Maturana sobre lo que es la vida, donde rompe con las visiones tradicionales que la conciben como un fenómeno estático o meramente biológico.
El concepto de autopoiesis, desarrollado junto a Francisco Varela, describe a los seres vivos como sistemas que se producen y se mantienen a sí mismos de manera constante. Desde esta mirada, un organismo no se define solo por sus componentes materiales, sino por la red de procesos que lo constituyen y que le permiten persistir en el tiempo. Vivir, entonces, no es simplemente tener células en el interior, sino participar en una continua auto-creación.
La vida, así entendida, no es una entidad fija, sino de una red de procesos que se despliega en la interacción constante con el entorno y con otros. Esta visión no solo redefine lo que entendemos por vida, sino que también invita a repensar nuestras formas de convivir y de construir realidad en conjunto.
La pregunta por la naturaleza de la vida ha sido abordada desde múltiples disciplinas, y la física no es la excepción. Richard Feynman, uno de los físicos más influyentes del siglo XX, no propuso una definición cerrada de la vida, pero sí ofreció una manera de comprenderla desde los principios fundamentales que gobiernan la materia y la energía. En su enfoque, la vida no es una excepción a las leyes físicas, sino una manifestación particularmente compleja de ellas.
Para Feynman, los seres vivos no contienen ninguna “fuerza vital” especial ni misteriosa. Están constituidos por los mismos átomos y obedecen las mismas leyes que cualquier otro sistema físico. Lo que distingue a la vida no es la materia en sí, sino la forma en que ésta se organiza. La vida aparece, entonces, como un fenómeno emergente: cuando la materia alcanza ciertos niveles de complejidad y organización, surgen propiedades nuevas como la reproducción, la adaptación y la capacidad de procesar información.
Un aspecto central de esta mirada física —formulado antes por Erwin Schrödinger en ¿Qué es la vida?, de 1944— es la relación entre la vida y la termodinámica. Según la segunda ley de la termodinámica, los sistemas naturales tienden al desorden. Sin embargo, los organismos vivos parecen desafiar esta tendencia al mantener un alto grado de orden interno. La clave de esta aparente contradicción está en que los seres vivos no son sistemas aislados: intercambian energía y materia con su entorno. De este modo, logran conservar su organización interna a costa de aumentar el desorden en el exterior. Vivir, en este sentido, implica sostener un delicado equilibrio dinámico.
En este punto, las reflexiones de Richard Feynman parecen respaldar una parte importante de la tesis que desarrollo en este capítulo. Desde la perspectiva de la física, no existe una materia distinta para los seres vivos y otra para la materia que llamamos inerte. Los mismos átomos que forman una roca, una estrella o una molécula de agua son los que, organizados de otra manera, constituyen un árbol, un animal o un ser humano. La diferencia no reside en la naturaleza de la materia, sino en la forma en que esta se organiza.
Si aceptamos esta premisa, la frontera entre materia viva y materia inerte deja de ser una división fundamental para convertirse en una diferencia de organización y complejidad.
Mi intuición filosófica va un paso más allá: si todo el universo está constituido por la misma materia y participa de un mismo proceso continuo de transformación, entonces quizá la vida no sea una propiedad exclusiva de ciertos organismos, sino una manifestación particular de un universo dinámico que nunca deja de reorganizarse.
Los procesos vitales pueden entenderse como redes de reacciones químicas altamente organizadas, donde moléculas complejas interactúan, se transforman y, en algunos casos, se replican. El ADN, por ejemplo, representa un mecanismo molecular capaz de almacenar y transmitir información, lo que permite la continuidad y evolución de los sistemas vivos. Sin embargo, lo verdaderamente notable no es cada reacción individual, sino la extraordinaria coordinación del conjunto.
En síntesis, la vida, es una forma de organización de la materia que logra mantenerse, reproducirse y adaptarse en un universo gobernado por leyes físicas universales. No es un fenómeno separado de la física, sino una de sus expresiones más complejas y fascinantes. Esta visión no solo desmitifica la vida, sino que también la sitúa dentro de un marco coherente donde la complejidad y la organización dan lugar a aquello que reconocemos como lo vivo.
A estas alturas se me hace difícil no preguntarme si el universo, una estrella, una piedra o incluso el mismo átomo podrían estar vivos en un sentido más amplio.
Lo que quiero plantear con esta reflexión no es simplemente que las piedras estén vivas, sino que la vida podría ser un fenómeno mucho más amplio de lo que aprendimos en el colegio o de lo que hemos estructurado socialmente. Nuestra forma de definir la vida a partir de una lista cerrada de características puede limitar nuestra comprensión de lo que realmente podría ser.
Si observamos con detenimiento, advertimos un continuo de transformaciones: de lo que llamamos materia inerte surge la vida, y la vida, al morir, retorna a estados que nuevamente clasificamos como inertes, y de ahí resurge la vida una vez más, en un ciclo eterno. Más que dos categorías opuestas, se trata de fases dentro de un mismo proceso que se repite hasta el infinito.
La física nos enseñó, a través de la célebre ecuación de Einstein, E=m⋅c2 que la energía y la materia no son entidades separadas, sino distintas expresiones de una misma realidad. La masa contiene energía latente, y el universo entero parece construirse sobre transformaciones invisibles que solo se revelan bajo ciertas condiciones extremas. Pero quizás esa misma lógica pueda inspirar una nueva pregunta: si la energía puede emerger de la materia, ¿podría también la vida surgir como una transformación superior de aquello que llamamos materia inerte?
Y como soy un sinvergüenza me atrevo a plantear la siguiente ecuación. V=I⋅c2 donde (V) representa la vida, (I) la materia inerte y (c2) no es solo la velocidad de la luz al cuadrado, sino una metáfora de la fuerza universal capaz de transformar lo aparentemente inerte en conciencia, percepción y existencia.
No se trata de una ecuación física, sino filosófica: una forma de expresar que la vida podría ser el resultado de una intensificación extraordinaria de la materia, una transición desde el silencio de los átomos hacia la complejidad del ser. Tal vez, en el fondo, vivir sea la evidencia de que el universo aprendió a observarse a sí mismo.
Después de revisar estas distintas perspectivas, puedo concluir que nuestra visión de lo que es la vida está inevitablemente sesgada por nuestra experiencia humana. Esto no invalida nuestras definiciones, pero sí sugiere que podrían ser incompletas. Se abre así la posibilidad de entender la vida no como una categoría fija, sino como un proceso: un intercambio continuo de energía, materia e información que puede manifestarse en escalas tanto microscópicas como cosmológicas. Para mí, aquello que llamamos “vida” podría ser solo una de las muchas formas en que el universo se organiza y se expresa.
O como diría mi hijo menor: “morir es lo mismo que nacer, pero hacia el otro lado”.