La conciencia tiene vida propia


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Este es, sin duda, uno de los capítulos más difíciles de escribir. Reflexionar sobre la conciencia implica una paradoja inevitable: la herramienta con la que intento comprenderla es mi propia conciencia. Es como una serpiente que se muerde su propia cola; al examinarla, descubro que también me estoy examinando a mí mismo. En ese ejercicio,…

Este es, sin duda, uno de los capítulos más difíciles de escribir. Reflexionar sobre la conciencia implica una paradoja inevitable: la herramienta con la que intento comprenderla es mi propia conciencia. Es como una serpiente que se muerde su propia cola; al examinarla, descubro que también me estoy examinando a mí mismo. En ese ejercicio, la frontera entre el observador y lo observado comienza a desdibujarse.

Mi intuición es que la conciencia no puede reducirse únicamente a la actividad neuronal ni entenderse solo como el resultado de la interacción entre un sujeto y un objeto. Me resulta más cercana la idea de que la conciencia trasciende al individuo. Me pregunto si la conciencia podría ser una realidad independiente de nosotros, una dimensión o principio al que los seres humanos accedemos, más que una propiedad que generamos. Quizás no sea algo que habita exclusivamente dentro de cada persona, sino un fenómeno más amplio, una especie de campo con el que nuestra mente logra entrar en conexión.

Como se dice en buen chileno, “me voy a tirar a la piscina” para intentar dilucidar qué es la conciencia. Para ello, citaré algunas ideas desarrolladas por distintas disciplinas sobre este tema, con el fin de contar con un marco teórico que permita obtener una visión más amplia que la de mis propias percepciones, para posteriormente contrastarlas con mi punto de vista.

## La conciencia desde la filosofía

La conciencia suele entenderse como experiencia subjetiva. Este enfoque pone el acento en el hecho de que no solo procesamos información, sino que también “sentimos” ese procesamiento. Es decir, hay algo que se experimenta desde dentro: percibir un color, sentir dolor o reflexionar sobre una idea no son meros eventos mecánicos, sino vivencias. Esta dimensión subjetiva plantea un problema profundo, ya que no parece reducible completamente a explicaciones físicas o materiales. Así, la conciencia se presenta como un fenómeno irreductible, cuya naturaleza última sigue siendo esquiva.

## La conciencia desde la biología y la neurociencia

La conciencia se concibe como un proceso emergente del organismo. En este marco, no es algo separado del cuerpo, sino el resultado de la actividad cerebral en interacción constante con el entorno. La conciencia surge cuando el cerebro es capaz de generar representaciones integradas del propio cuerpo y de su relación con el mundo. De este modo, deja de ser un misterio puramente abstracto para convertirse en un fenómeno que, aunque complejo, está arraigado en la vida biológica y en la organización del sistema nervioso.

En este punto cabe preguntarse, ¿Qué ocurre cuando una persona pasa años en coma, como Gustavo Cerati?, ¿O cuando un boxeador es noqueado y pierde la conciencia? En ese minuto, ¿Desaparece la conciencia o tiene un tipo de conciencia que no es perceptible a través de un electroencefalograma? Otra pregunta que me parece interesante con respecto a este tema es: ¿Qué pasaría si un ser humano naciera en un espacio absolutamente vacío, donde no tiene ninguna experiencia con el entorno que lo rodea? ¿No tendría conciencia?

## La conciencia desde la psicología

La conciencia suele abordarse como un modo particular de funcionamiento mental. No todos nuestros procesos cognitivos son conscientes; de hecho, gran parte de nuestra actividad mental ocurre de manera automática e inconsciente. La conciencia, en este sentido, estaría asociada a los procesos más lentos, deliberativos y reflexivos: aquellos que implican atención, control y toma de decisiones. Así, más que una entidad, la conciencia aparece como un nivel o estado dentro de la actividad mental.

Estas tres perspectivas, aunque distintas, no son necesariamente incompatibles. Más bien, parecen describir diferentes niveles de un mismo fenómeno. La filosofía enfatiza la experiencia subjetiva; la biología, su base material; y la psicología, su funcionamiento operativo. Integrarlas permite esbozar una comprensión más amplia: la conciencia podría entenderse como un fenómeno emergente que surge de procesos biológicos, se manifiesta en formas específicas de procesamiento cognitivo y se expresa, en última instancia, como experiencia subjetiva.

Pero vuelvo, una vez más, a la pregunta que atraviesa todo este texto. ¿No será que todas estas explicaciones parten de un mismo supuesto antropocéntrico? ¿Por qué asumimos que la conciencia es una propiedad exclusiva del ser humano? ¿Qué razones tenemos para negar la posibilidad de que un árbol, un animal, un átomo o incluso el universo mismo posean alguna forma de conciencia, o que el universo mismo es conciencia, aunque esa conciencia sea radicalmente distinta de la nuestra?

Quizás nuestra dificultad radique en que solemos identificar la conciencia con la experiencia humana y, desde esa referencia, juzgamos todo lo demás. Sin embargo, el hecho de que otras formas de existencia no manifiesten una conciencia como la nuestra no significa necesariamente que carezcan de ella. Tal vez simplemente se exprese de maneras que aún somos incapaces de comprender.

Mi intuición es que la conciencia no pertenece al ser humano, del mismo modo que la gravedad no pertenece a los planetas ni el electromagnetismo a los electrones. Pienso que la conciencia constituye una propiedad mucho más profunda de la realidad: una dimensión o principio independiente del individuo, del cual los seres humanos participamos, pero no somos dueños. Si esto fuera cierto, entonces nuestra conciencia sería solo una manifestación particular de una conciencia mucho más amplia, una conciencia que atraviesa la naturaleza y que encuentra distintas formas de expresarse en el universo.

Recuerdo una conversación que tuve con un amigo psiquiatra, quien me planteó la siguiente metáfora: nosotros, los seres humanos, seríamos como radios receptores, y la conciencia sería comparable a las ondas de radio. Es decir, no generaríamos la conciencia desde cero, sino que nos “conectaríamos” a una conciencia preexistente, la cual daría lugar a lo que experimentamos como nuestra propia conciencia.

Si bien esta idea no pretende demostrarse ni refutarse, me parece pertinente exponer cuatro fundamentos que la sostienen.

El primero se relaciona con la trascendencia de la conciencia a través del tiempo. Los recuerdos, los escritos, las pinturas y otras manifestaciones permanecen entre nosotros incluso después de que la persona que las creó ha muerto. De algún modo, una parte de su conciencia parece seguir presente.

El segundo proviene de la historia y la arqueología. Civilizaciones separadas por enormes distancias y épocas distintas presentan sorprendentes similitudes en sus relatos, creencias, comportamientos e incluso en ciertas expresiones arquitectónicas.

El tercero nace de una observación más conceptual: la conciencia parece compartir varias características propias de un ser vivo. Evoluciona, se expande, se nutre de experiencias y, en cierto sentido, también parece nacer y morir.

Finalmente, está la experiencia subjetiva. Puedo controlar voluntariamente un brazo o una pierna, no siempre tengo la misma sensación respecto de mi conciencia. Con frecuencia parece operar con un grado de autonomía que escapa a mi voluntad, como si no estuviera completamente bajo mi control.

Si esta hipótesis fuera correcta, cambiaría todo por completo. Nuestra manera de entender la conciencia ya no sería algo alojado exclusivamente en el cerebro ni el simple resultado de la interacción entre el sujeto y el objeto. La conciencia pasaría a ser una entidad independiente de ambos: un tercer elemento que percibimos a través de esa interacción, pero cuya existencia no depende de ella. Sería una forma de energía, una realidad o un principio autónomo con el que entramos en contacto, más que un fenómeno que nosotros mismos generamos.

En ese caso, las implicancias para nuestra vida cotidiana serían profundas. Dejaría de percibirme como un ser completamente autónomo e independiente de los demás para comprenderme como parte de una conciencia mucho más amplia. Mi conciencia ya no sería una realidad aislada y exclusivamente mía, sino una manifestación particular de una conciencia que compartimos todos.

Desde esa perspectiva, cada persona con la que me cruzo en el supermercado, cada pasajero que viaja a mi lado en un autobús, mis hijos, mis amigos, personas que piensan de manera completamente distinta a la mía, incluso conciencias que nunca conoceré, dejarían de ser conciencias separadas para convertirse en distintas expresiones de una misma realidad. No seríamos conciencias independientes, sino diferentes receptores o manifestaciones de una conciencia común que se experimenta a sí misma desde múltiples puntos de vista.

Si esta idea tuviera siquiera una parte de verdad, cambiaría radicalmente nuestra forma de relacionarnos con los demás. Comprenderíamos que cada encuentro humano es, en el fondo, un encuentro de la conciencia consigo misma. Quizás por eso el respeto, la empatía y la compasión no sean únicamente valores morales, sino el reconocimiento intuitivo de que la separación entre “yo” y “el otro” es mucho menos absoluta de lo que solemos imaginar.

Esta posibilidad conduce inevitablemente a una pregunta aún más profunda: ¿son realmente nuestras las ideas que creemos crear? ¿O, en realidad, aparecen en nuestra mente como manifestaciones de algo que existía antes de nosotros? Si fuera así, cada ser humano no sería un productor de ideas, sino que un receptor de ellas.

Una analogía contemporánea puede ayudar a ilustrar esta hipótesis. Imaginemos que el cerebro es un computador e Internet representa la conciencia. El computador no crea Internet; simplemente se conecta a ella, accede a la información que circula por la red y la interpreta. Del mismo modo, el cerebro podría no ser el origen de la conciencia, sino el instrumento mediante el cual nos conectamos a una realidad mucho más amplia. Quizás la conciencia no habite dentro de nosotros; quizás somos nosotros quienes, por un breve instante de nuestra existencia, logramos acceder a ella.

Esta idea tiene afinidad —aunque intenta ir un paso más allá— con la propuesta de Carl Gustav Jung sobre el inconsciente colectivo, según la cual existiría un sustrato compartido donde residen imágenes, ideas y estructuras comunes. Desde esta perspectiva, uno no produciría la conciencia de manera individual, sino que se vincularía con algo mucho más amplio, que luego percibe como propio, aunque en realidad excede con creces su experiencia individual.

En este punto, resulta inevitable preguntarse qué ocurre con la conciencia una vez que morimos. ¿Desaparece por completo? ¿Se extingue como información? ¿Es comparable a un computador que deja de funcionar, perdiéndose definitivamente los datos almacenados en su disco duro? O, por el contrario, ¿podría esa información ser recuperable o incluso persistir en algún tipo de “nube”, por así decirlo?

Me parece profundamente inquietante la idea de concebir la conciencia no solo como un proceso biológico y químico que ocurre dentro del cerebro, sino también como un sistema de información que, eventualmente, podría mantenerse o persistir de alguna forma más allá del individuo.

En este plano, cuando hablamos de la conciencia, pocas afirmaciones son plenamente refutables o comprobables, por lo que se abre un amplio margen para la especulación. En ese contexto, podría pensarse que la conciencia es una forma de energía. Si atendemos a lo que establece la termodinámica —según la cual la energía no se crea ni se destruye, sino que se transforma—, cabría imaginar que aquello que asociamos a la conciencia no desaparece por completo, sino que se conserva bajo alguna forma que, desde nuestra perspectiva actual, resulta inconcebible.

Sin embargo, esta analogía exige cautela: que la energía se conserve no implica necesariamente que se conserve la información estructurada que constituye una mente o una identidad consciente. Aun así, la idea de algún tipo de persistencia abre la posibilidad de pensar en una forma de trascendencia, no necesariamente en términos religiosos, sino como la continuidad de ciertos procesos o huellas más allá de la experiencia individual.

Quizás ninguna idea pertenece por completo a una sola persona. Cada pensamiento que creemos original descansa sobre miles de pensamientos anteriores; cada descubrimiento se apoya en incontables descubrimientos previos, y cada palabra que pronunciamos lleva consigo la huella de innumerables generaciones. Somos herederos de una conversación que comenzó mucho antes de nuestro nacimiento y que continuará mucho después de nuestra muerte. Quizás la conciencia sea precisamente ese gran diálogo ininterrumpido del que todos participamos durante un breve instante.

Si esta visión tiene algún grado de verdad, entonces la conciencia deja de parecer un fenómeno encerrado dentro de un cerebro para convertirse en una realidad que trasciende al individuo. Nosotros no seríamos sus propietarios, sino sus participantes. Cada ser humano sería un punto de encuentro donde la conciencia se manifiesta, se enriquece y continúa su viaje. Y quizá ese sea el mayor privilegio de nuestra existencia: no el de poseer la conciencia, sino el de formar parte de ella.