Al día siguiente me despertó un ruido ensordecedor, un timbre que resonó por toda la barraca. Inmediatamente empezaron a sonar los movimientos de mis compañeros. Me levanté, me arreglé, hice mi pieza y dejé todo ordenado y limpio.
Salí con mi termo en la mano —esa leche del día anterior había sido una bendición— y me acerqué a Manuel, que, al igual que el resto de los hombres, estaba listo y con la pieza aseada.
Después del desayuno se me asignó la limpieza del establo, por lo que me dispuse a ubicar dónde estaba y los materiales que debía llevar.
El establo era enorme, con un portón como entrada. Entré y había unos treinta caballos, cada uno en su corral. Debía asear a los animales y limpiar los suelos. El hecho de haber trabajado en diferentes parcelas me permitía manejar a los animales, que, lo reconozco, son intimidantes por su tamaño, pero de una pureza y una calidez en su cercanía que me estremecían y me llenaban de paz.
En un principio no me pareció tan pesado, pero después de llenar la carretilla de mugre por décima vez, mi espalda comenzó a doler, y la carretilla con tierra no mejoraba la situación. Trabajé sin parar hasta que apareció uno de los trabajadores, porque necesitaba un caballo.
Me palmoteó el hombro, lo que me dolió más, y dijo:
—Buen trabajo, chico, y bastante rápido; esto te llevará solo un día.
Me sonreí y repuse:
—Qué bueno.
Paré cuando ya tenía todos los corrales limpios y con arena, y todos los caballos estaban en sus respectivos lugares. Los desechos debía dejarlos a corta distancia, pero Manuel me dijo que los dejara fuera del establo y que después los llevaríamos con el tractor, más rápidamente. Se lo agradecí.
Me fui a bañar. Olía a caca de caballo y ese olor no se apartaba de mi nariz, por lo que don José Manuel me ordenó que, antes de entrar en la barraca, me sacara toda la mugre con la manguera. Lo hice, pero con ropa… Todos se burlaron de mí, pero yo sabía que no me podía quedar en jeans para sacarme toda la mugre. Si lo hubiera hecho, nadie se habría reído: habrían visto algo que no esperaban… mis senos. Entré en la barraca aún mojada, me saqué todo y me di un baño. Mientras el agua caía por mis hombros doloridos, al intentar echarme jabón, me sorprendió un dolor agudo que provenía de mis manos: estaban rojas y con dos grandes ampollas. Agarré una aguja con hilo y les saqué el suero que tenían.
Me sentí mejor. Tenía un poco de crema y me eché.
Salí limpia y con cara de cansada. Me miraron.
—¿Estás bien? —preguntó Manuel.
—Sí —dije.
Comí como si no lo hubiera hecho en años: la ensalada, la carne y las papas… pan amasado. Me quedé un instante sentada, disfrutando de la sensación. De repente sentí unas manos grandes y fuertes que tomaban las mías… Abrí los ojos, un poco asustada, y enseguida, un grito:
—¡José Manuel! ¡José Manuel!
—¿Qué pasa, doña Mónica? —dijo él, un poco preocupado.
—¿Vio cómo le quedaron las manos a este niño? Le tiene que pasar guantes, por lo menos…
Yo solo miraba. El señor José Manuel me miró y dijo:
—Pero, muchacho, cómo has quedado. Anda: en la barraca hay un botiquín con un ungüento especial para tus manos, y de ahí sacas unos guantes y botas para el agua… Muchacho tonto…
Hice lo que me ordenó y el ungüento realmente mejoró mis manos. Me puse los guantes y me dirigí a terminar mi trabajo.
Saqué la paja y alimenté a los caballos, llené los bebederos —solo me llevó unas tres horas— y fui en busca de Manuel, que estaba cepillando a los animales y limpiándoles las herraduras. Le pregunté:
—¿Podemos ir a botar la basura?
—Por supuesto —contestó.
Fue en busca del tractor y de un carro, lo puso delante del establo y con una pala fui echando toda la mugre… Con un rastrillo repasé todos los pasillos, y Manuel se llevó la basura conmigo sentada en la parte posterior. Estaba cansada, pero feliz. Dejamos la mugre donde correspondía y me dejó cerca de la barraca. Me volví a bañar y a cambiar de ropa. Ahora sí me veía espantosa: los pantalones, además de quedarme unas cuatro tallas más grandes, me quedaban largos, pero los doblé y continué con mis cosas. Uno de los hombres que buscaba algo en la barraca me señaló dónde estaba la lavandería, con todo lo necesario, y me dijo que cada uno debía velar por su ropa. Tomé lo mío, menos mi ropa interior, y me dirigí al lugar. Era un área bien delimitada y totalmente cubierta. Colgué y sujeté cada prenda; con el viento que había en la tarde y en la noche, seguramente en la mañana estaría todo seco y listo. Realmente el orden, la limpieza y los detalles de La Poderosa eran increíbles. Yo, que había trabajado en otros lugares, no había disfrutado de un fundo donde tanto dueños como trabajadores fueran tratados con tanto respeto y preocupación.
Al volver, todos los trabajadores estaban terminando de arreglarse, y Manuel apareció con dos rasguños en la cara, pero con una sonrisa de oreja a oreja. Le pregunté:
—¿Qué te pasó?
—Me afeité. Es que estaba muy peludo y empezaba a verme mal.
Por su cara, parecía estar orgulloso. Le dije:
—Yo vengo de una familia muy poco peluda y, además, por ser colorín, los pelos no se me dan con facilidad.
—Es que además eres muy chico, ¿no? No como yo. —Sacó pecho.
—Tienes razón —le contesté—. Solo tengo dieciocho.
Bueno, eso no era cierto, pero ¿cómo podía justificar mi poca cantidad de barba? Y tampoco podía decir dieciséis, pues mi cara no parecía la de un niño tan pequeño.
Me eché otra vez el ungüento y salí con todos a comer; había sido un largo día. Sin embargo, el día se negaba a terminar: caminando hacia mi siguiente tarea, encontré a don José y a otro hombre discutiendo y, aunque no me quería meter, los escuché. Los horarios y la distribución de funciones estaban mal organizados y no podían solucionarlo. Con paso dudoso, pregunté:
—¿Puedo ayudar?
Me miraron incrédulos.
—En un lugar en que trabajé, me encargaba de organizar y generalmente me felicitaban.
Me pasaron las cosas: papeles, nombres, tareas. No diré que lo hice en un dos por tres, pero entre los tres fuimos creando una planilla que ordenaba el caos que tenían antes. Don José me miró con cara de alivio y me agradeció, prometiéndome un pequeño bono en mi próxima paga. Me sentí tan reconocida y orgullosa de mí misma… creo que hasta saqué pecho… Me pidió que lo ayudara con esta tarea cada semana. Asentí y le dije que con mucho placer.