Entró alguien en la barraca. Salí para ver quién era: era una de las sirvientas de la casa, una mujer de veinticinco años, muy bien hecha. Me preguntó:
—Busco a Ratón… Ratón…
—¿Pancho? —pregunté.
—Sí, me dijeron que él estaba aquí.
—Sí, soy yo.
Doña Mónica me esperaba. Me dijo que Paulo se había enfermado y que no tenía quién sirviera la mesa y fuera un poco educado.
—Los trabajadores son amables, pero no saben servir una mesa, y me parece que algo más sabes tú.
Asentí. Me mostró una ropa —unos jeans y una camisa cuadrillé roja— y me dijo:
—Pruébatela, tienes que verte mejor.
Salí y me puse la ropa. Era un poco grande, pero el jeans era solo una talla más que la mía, y la camisa, dos, por lo que me veía hasta decente. Me sorprendí acomodando mi pelo y dejándolo como los demás. Limpié los bototos que me habían pasado y los lustré.
«Qué bien te ves, Ratón Pancho», me dije, y sonreí.
—Ponte este gorro; no puedes dejar ninguna sorpresa en la comida.
Este gorro me pareció extraño, pero yo no era quién para discutir con nadie, y menos aún con quien me daba la comida.
Entré en la cocina, me pasaron una bandeja con vasos y me dirigí al living por un pasillo.
Al entrar vi la habitación: era tremendamente cálida. En la puerta, una señora delgada, de cabellos y ojos castaños, muy bien vestida, me miró.
—Tú eres Francisco, ¿no? —me dijo.
—Sí, señora.
En ese momento se acercó el muchacho de los sacos y dijo:
—No le digas así, todo el mundo lo conoce como Ratón Pancho.
Lo miré. Menos mal que las miradas no matan, o si no…
—No le digas así, Nicolás. —La señora se dio vuelta para mirarlo.
Ofrecí mi bandeja y no dije nada. En la habitación había siete personas, y mientras atendía me di cuenta de quiénes eran: don Ernesto era el papá y dueño de la casa; doña Andrea, la mamá y anfitriona; la hija mayor, Constanza, y la menor, Alejandra, y entre las dos, Nicolás. Además, estaban Cristián y Rodrigo, dos hermanos amigos de la familia, aunque, por las miradas entre Cristián y Constanza, yo diría que eran algo más.
Don Ernesto era un hombre de sesenta años, de un metro ochenta y cinco de altura, de contextura gruesa, de fuerte reír y con unos ojos brillantes y grandes… Un hombre que sabía lo que hacía, sin duda.
Las dos muchachas eran lindas, de pelo largo, sedoso y castaño; los ojos me parecieron verdes y su piel, tostada. Sus edades: veintisiete y veintiuno, más o menos.
Uno de los muchachos, Cristián, era muy alto, de un metro noventa y cinco, cuerpo atlético, pelo rubio y ojos celestes; a pesar de los colores, no se veía simplón; al contrario, era muy atractivo.
Rodrigo, por su parte, de un metro ochenta de estatura, pelo negro azabache, ojos oscuros, piel blanca y la cara con pecas, también era atractivo. Y Nicolás, nada que merezca recordar. Quizá reparé tanto en cada uno porque eran tan diferentes de las personas que acostumbraba ver, que traté de grabarlos en mi memoria, como uno deja una foto bonita en la mesa.
La cena transcurrió sin mayores problemas; conversaban y se reían. Tengo que admitir que yo también lo pasé bien, y la comida… cada plato mejor que el otro; doña Mónica se había esmerado, era una maga en la cocina. Al terminar ofrecí café —de este brebaje emanaba un olor que cubrió cada rincón de la habitación— y, después de recoger las pequeñas tazas, doña Andrea me dijo:
—Francisco, lo hiciste muy bien, te felicito. Pídele a doña Mónica que te dé tu cena y puedes ir a descansar.
—Gracias, señora, y buenas noches —contesté.
Al llegar a la cocina, la mesa estaba puesta para cuatro personas. Doña Mónica me dijo:
—Bravo, muchacho, no me dejaste mal frente a la señora. Ahora siéntate aquí y vamos a comer.
Nos sentamos con don Luis —el marido de doña Mónica, que se encargaba de las compras y los arreglos de la casa—, por supuesto ella, Elisa, la sirvienta, y yo, el Ratón Pancho. Comimos lo mismo que los patrones. Qué delicia… nunca había comido así en mi vida. Doña Mónica me miró y supo enseguida la pregunta que corría por mi mente: los señores respetan mucho a quienes los atienden; además de ser gente bien educada, son muy respetuosos con los que trabajan.
Al día siguiente, después de arreglar mi cuarto, fui donde el capataz a preguntar si necesitaba ayuda.
—Necesito que lleves este saco al corral.
—Enseguida —contesté.
Me apuré en pescar el saco; no era muy pesado, por suerte, así que llegué luego. El corral estaba un poco alejado de la casa, en un lugar muy despejado. Cuando me fui acercando, vi a un hombre joven, de espalda ancha y músculos delineados; cepillaba al caballo con firmeza y adoración. Sus brazos gruesos, su pelo oscuro revuelto… Se pasó la mano por la cabeza y logré ver un poco de su pecho; los jeans que tenía puestos iban pegados a su piel. No pude evitar pensar que era muy buen espécimen de hombre.
El caballo se inquietó, dándose vuelta, y al girar pude ver que era Nicolás: su pelo negro, sus cejas marcadas y tupidas, sus ojos grandes con muchas pestañas, su nariz recta y su boca de labios un poco gruesos, su rostro… su rostro… Nunca me había fijado mucho en él. Sus manos eran grandes y gruesas. Era como si lo viera por primera vez. Bruscamente sacudí la cabeza y traté de sacar ese pensamiento de mí. Él seguía siendo un pesado, igual.
Al moverse me dijo:
—Hola, Ratón.
—Solo mis amigos me llaman Ratón…
Yo estaba pegada a los maderos del corral. Se acercó, puso los brazos entrecruzados muy cerca de mí —logré ver cada detalle de ellos— y dijo:
—Ya que yo no soy tu amigo, ¿cómo te tengo que llamar?
—Francisco —dije bajo, pues estaba un poco mareada con el olor de este chico de veintiséis años: era una combinación de colonia, desodorante y sudor, pero, a pesar de todo, no podría decir que no me gustaba; era embriagante… Me alejé un poco y pregunté—: ¿Desea mi ayuda en algo?
—¿Te llevarías esta camisa y me traerías otra? Es que esta se rompió. ¿Le pides una a mi mamá?
—Bueno, señor —dije.
—A mí no me tienes que tratar de señor; ese título aún no me lo gano. Dime Nicolás.
Tomé la camisa. Al alejarme lo suficiente, la tomé con las dos manos e inspiré su olor. Me enojé conmigo. Soñé por un momento qué habría dicho él de conocerme como mujer… Enseguida bajé la cabeza y traté de borrar ese pensamiento. Era solo que me extrañaba a mí misma, el sentir que era una joven. Recordé mi pelo largo y rojo; dentro de todo… era lo que más extrañaba: una cascada infinita de rizos que jugueteaba entre mi cuello y mi espalda. Era una de las cosas que siempre había cuidado, que me identificaba y también me diferenciaba. Ahora, cuando me miraba al espejo, veía mis rasgos —cansados, es verdad—, pero en el fondo de mis ojos estaba la tranquilidad de la estabilidad, y eso valía más que el cabello.
Fui a la casa y volví, pero al regresar él no estaba. Pregunté a unos trabajadores y me dijeron que debía de estar en el estanque, hacia donde me encaminé con su camisa… El lugar era precioso: una verdadera piscina con una pequeña cascada. Al llegar vi ropa tirada en el suelo y dije:
—Don Nicolás, su camisa.
Apareció completamente desnudo.
—Perdón —dije.
—Pero, Francisco, no seas alharaco.
Le puse la camisa en el suelo, mientras yo seguía roja como un tomate y muy nerviosa.
—Lo que pasa es que en mi casa todos éramos muy conservadores —me justifiqué.
Se rio y dijo:
—Está bien, ya me puse calzoncillos.
Eran unos bóxer, y sus piernas estaban bien… fuertes. Se dio vuelta para recoger su prenda y lo miré de reojo. «Pero si es entero bueno…». Me enojé por pensar eso, pero, aunque no lo admitiera, era verdad. Era un buen cascarón, con mal interior.
Preferí irme. Llegando a la barraca, me recosté en mi cama y quise dormir, pero mis pensamientos siempre me llevaban a él, a Nicolás, y eso me enojó. Me metí a la ducha y la puse muy fría. Me lavé el pelo y me miré al espejo: mi cuerpo delgado pero bien proporcionado, mis senos, mis caderas, mis largas piernas… con todo el ejercicio empezaban a estar duritas. Me miré los hombros… «Soy tan blanca». Volví a pensar en que no estaba esa cabellera roja que tanto me gustaba; ahora el pelo se veía más ondulado que antes… Lo que más había cambiado en todo mi cuerpo eran mis manos: nunca habían estado callosas. Me senté en ropa interior. Deseaba sentirme mujer un rato, quería ser yo por un momento, y me puse a llorar… Es extraño mirarte y no reconocerte realmente.