Al día siguiente ya era lunes. El trabajo fue cansador, pero no duro, y en general pasó sin mayores problemas, hasta que llegó el jueves.
Ese día nos despertamos temprano. Se había sacado toda la uva de la cosecha y se me destinó, por mi contextura, a ayudar a pisarla; ese papel les tocaba a los más jóvenes. Pensé que sería con Manuel, pero este estaba con Carlitos, que era un par de años mayor, y a mí me tocó con Nicolás.
Nos pusimos en el sector, con shorts; nos lavamos muy bien y pusieron dos vasijas bastante grandes. En una entraron Manuel y Carlos, y en la otra, Nicolás y yo. Nos debíamos tomar de los brazos y empezar a pisar lo más fuerte que pudiéramos. Los dos mejores serían invitados por los perdedores a comer y a ver chicas al pueblo el fin de semana.
Empezamos. No era tan fácil como se veía. Los pies de nuestros contrincantes eran grandes, pero los de Nicolás eran enormes, y los míos, comparados con los de una mujer, me hacían la Pata Daisy, la polola del Pato Donald, pero para ser de hombre dejaban harto que desear.
El otro grupo saltaba y bailaba; nosotros estábamos muy descoordinados, hasta que empezamos a contar y a marchar al unísono. Cada cierto rato, cada grupo movía los hollejos del área de salida. Y se empezaron a calentar los ánimos. Yo, aparte de contar y tocar sus brazos, no hacía nada más. Él, que era muy competitivo, me empezó a gritar:
—¡Pero si con este tipo no se puede hacer nada! ¿Le tocaron los brazos? ¡Es un alfeñique!
Y los calificativos eran cada vez más pesados. Cuando terminamos y puse los pies en el suelo, dijo:
—Pero si parece una mujer.
Lo miré con furia, le pregunté a don José Manuel si podía irme y me respondió que sí.
Escuché cómo él mismo lo retaba y le decía que no podía tratar mal a las personas, que todos merecíamos respeto, que yo era un muchacho muy trabajador y esforzado y que se notaba que era más educado que él, ya que, a pesar de sus insultos, yo había logrado mantener la calma.
Nicolás se dio vuelta y le pegó un puñete a la madera.
—Está claro que mi grupo perdió y responderemos como corresponde.
Yo fui a mi cuarto, me senté en el suelo del baño y me limpié todo ese jugo. Aún sentía sus manos agarrando mis brazos y su respiración agitada frente a la mía. Realmente no me habían molestado los insultos; me asustó que pudiera descubrir que sí soy mujer. ¿Qué pasaría? No tendría trabajo, ni dinero, ni la rica comida, ni cama, y las cosas… ni… No pensé más.
«No puedo pensar en eso, no puedo sentirlo; soy el Ratón Pancho y nada más. Tengo que encontrar los trabajos que menos me expongan, quizá los más solitarios». No quería perder por ningún motivo lo que tenía.