CUENTOS DEL BARRIO


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# El volantín Fru-Fru, Fru-Fru. Un trasegar rítmico del aire frente a la terraza. Abrí las cortinas y apareció un modesto cuadrado delgado de papel policolor, colores de nuestra bandera, blanco, rojo, azul con su estrella. Traspasé la puerta y frente a mí el más humilde chupete, se llama así el volantín sin cola que…

# El volantín

Fru-Fru, Fru-Fru. Un trasegar rítmico del aire frente a la terraza. Abrí las cortinas y apareció un modesto cuadrado delgado de papel policolor, colores de nuestra bandera, blanco, rojo, azul con su estrella. Traspasé la puerta y frente a mí el más humilde chupete, se llama así el volantín sin cola que lo equilibra y facilita su vuelo erguido. El Chupete, aún más, el pequeño, es el barrilete más chúcaro, rebelde y voluntarioso que es dable imaginar, proclive a los vuelos en picada sin retorno a los loopings caprichosos e imprevistos; en suma, la pesadilla misma de los cometeros.

Se balanceaba de lado a lado, vibrante, aleteaba en medio del desatado viento de los cerros de Chorrillos. Fru-Fru, se mantenía frente a mis ojos, punteaba a babor y estribor en un área no mayor a tres metros. Trataba de tocarlo y casi lo conseguía, cuando un aletear vigoroso en el último segundo lo alejaba de mis dedos.

Ya el resto de la cuadrilla de papalotes se había enredado en los cables eléctricos, en los árboles o habían acabado en tierra, víctimas de una postrera picada, transformados en un montón informe de papeles desgarrados, asomando las varillas de sus vientres palpitantes como las costillas de un animal apuñalado.

El viento se mantenía implacable, viento sur del puerto: intenso, arrachado, que golpea y suelta, terror de la navegación a vela que perpetra las temidas volcadas.

Pero nuestro humilde chupete volaba con seguridad. Una familia de aguiluchos, ya sumaban unos seis, negros, imponentes en sus vuelos perfectos se habían avecindado en las altas copas de las arboledas del barrio. Habían encontrado abundante sustento en las palomas, ratas y gallinas de los gallineros numerosos en las casas de la población cerro arriba. De pronto el cometa se alejó de mi balcón y lo vi precipitarse verticalmente, en caída libre y puncetear con su filoso ángulo de fuerte varilla el cuerpo de un majestuoso aguilucho que portaba en sus garras a un aterrado pollito que piaba lastimeramente. Saltaron las negras plumas y el aguilucho, sorprendido y dolorido, soltó su presa. Las gallinas cloquearon felices al recuperar al asustado polluelo que indemne corrió a refugiarse bajo su madre. El gallo cantó, henchido el pecho, adjudicándose el rescate. El aguilucho a la pasada cogió un ratón distraído y pensaba «a falta de pollo, buenos son los ratones».

A renglón seguido, aprovechando una fuerte racha del surazo, el minúsculo papalote se elevó verticalmente, intensificándose su susurro al cortar las corrientes de aire, casi se perdió de vista en las alturas, un punto en la inmensidad azul. De pronto un cerrado pique y se precipitó a tierra, describiendo vertiginosos tirabuzones y a sólo un metro del suelo, con un chasquido impresionante, se enderezó, volvió a elevarse con gracia y elegancia, hasta detenerse estático con ese bamboleo de suave aleteo estabilizador, cual colibrí, frente a un balcón de un edificio próximo. En aquel, una hermosa joven suele tomar el sol con poca ropa, en verdad casi ninguna ropa; no la he atisbado, sólo me han contado.
La cuestión es que al darse cuenta ella del barrilete estacionado delante de su balcón a sólo dos metros y bamboleándose de un modo que se le antojó lujurioso, se ruborizó al rojo vivo y cubriéndose, abandonó precipitadamente la terraza.

Continuaron los vuelos rasantes, los Immelmann, los looping impresionantes de la paupérrima pero talentosa birlocha. Una última ascensión vertical lo llevó a las alturas del vértigo, llegando a atravesar una solitaria y alba nubecita que luego se deshizo en múltiples fragmentos coloridos. Pleno de curiosidad, ascendí las empinadas escalas que conducen a las casitas multicolores y bien cuidadas del cerro de Chorrillos, todas con sus jardines adornados de flores y arbolitos frutales. Siguiendo el hilo curvado por las rachas encontré una casita, como las descritas, y ahí, en una terraza sombreada por una palmera, estaba el genial piloto del barrilete chupete, recogiendo y soltando el hilo, con medidos y enérgicos movimientos de sus hábiles manos, tan feliz y contento. Sentado en su silla de ruedas.

Sí, un niño feliz con su volantín.
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Septiembre 2024
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Paisaje campestre con cometa y ave

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# Culebrita

Culebrita amaneció muy bien, comió huevos fritos y pancito. Come de todo en realidad. Corretea a la Sra. Jeanette por todo el depto. Le fascina hacer las camas, se sacude sobre las sábanas para ventilarlas. Es muy inteligente y se adapta bien. El Boti no está muy convencido. Cuando la mete al hocico, Culebrita lo estrangula suavemente hasta que la suelta. Ya se están acostumbrando.

Encontré un poco inquieta a Culebrita, husmeaba por todos los rincones y levantaba su cabecita hasta medio metro del suelo y sacaba su lengüita bífida rítmicamente. Abrí la puerta y la invité a salir, rápidamente se enroscó en mi brazo y levantó la cabeza por encima de mi hombro derecho, quedando a la altura de mi cabeza. Subí al ascensor y dos personas salieron apretando y lanzando alaridos guturales, Culebrita, irritada les silbaba zzzzttsss.

Luego sigo, tan nerviosos los vecinos.

Llegamos al bosque y Culebrita rápidamente se desenrolló de mi brazo y cayó al suelo, dirigiéndose serpenteando, claro, de otro modo no puede, no, también puede reptar. De manera que se adentró entre la crecida maleza primaveral, con su cuello erguido, tan graciosa ella, y mirando frecuentemente hacia atrás para asegurarse de que no la abandonaría. Unos correteos y chillidos y apareció rauda con un ratón a medio tragar, sobresalían solo las patas de su boca y otro atrapado con dos vueltas de su cuerpo. Se terminó de tragar uno y el otro, ya muerto, lo puso a mis pies como obsequio.

¡Tan agradecida Culebrita!

A renglón seguido se envolvió en mi brazo y levantó su cabecita y me lanzó un flato con olor a ratón. Abrió su boca y movió su lengua bífida de un lado a otro. A modo de risa, supongo.

Menos mal que no encontramos a nadie en el ascensor. Culebrita pasó a su cajita de arena, hizo sus necesidades y se acostó en mi cama a hacer la digestión.

Guardé el ratón en el refrigerador, muy aislado, dando precisas instrucciones a la Sra. Jeanette para que no se confundiera y nos lo sirviera para el almuerzo.

Da trabajo tener de mascota a una serpiente.
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Septiembre 2026
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culebrita

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# Amor automotriz
René, el cartero, subía presuroso con su carrito repleto de correspondencia, cuentas, citaciones y una que otra carta. Le correspondía el barrio de Chorrillos desde la calle Álvarez hasta, cerro arriba, las Siete Hermanas. Un escabroso recorrido surcado por callejuelas serpenteantes que ofrecían secretos escondrijos a veces bellos, otros peligrosos, pero todos beneficiados con hermosas vistas de Viña del Mar, frente al Sporting, a la Población Vergara y más al Oeste al siempre inmenso y azul océano Pacífico.

Don René era alto, atlético, no corpulento, más bien delgado, fibroso, como atleta fondista —de hecho a eso se dedicaba con pasión el señor cartero. De carácter amable, era conversador, alegre, con cincuenta y ocho años de sorprendente agilidad.

Recorría los vericuetos entre las multicolores casitas con su carrito, muy popular; conversaba con todos, a veces con varias vecinas a la vez, entre risas y comentarios picarescos. Observador de muchas aventuras infieles, ejercía su labor en horas en que los jefes de hogar se ausentaban para cumplir con su trabajo y los niños asistían a clases.
En ocasiones era protagonista de estos episodios pasionales ilícitos y tenía una muy buena fama producto de su eficiente desempeño.

Con frecuencia me lo topaba en el condominio y cruzábamos algunas palabras, le manifestaba admiración por su fortaleza y resistencia. «Sabe —me confidenciaba—, este es parte de mi entrenamiento, yo corro la Maratón; sábados y domingos entreno en la pista del Sporting, pertenezco al Club Los Robles, donde practica también la Dora González, ¿la conoce?». Desde luego, la famosa atleta senior. «Sí, ella misma».

«De manera que luego de mi recorrido profesional —señalaba con manifiesto orgullo—, llego cansado a mi casita, como algo y al sobre, a dormir como un tronco. Usted sabe, soy ordenado, soy un deportista».

Nuestro atleta, cuya pista diaria de entrenamiento eran las empinadas callejuelas de los cerros chorrillanos, había enviudado hacía unos cinco años, no tenía hijos, y su rutina diaria e invariable le proporcionaba tranquilidad y sencilla felicidad.

Un buen día, Ximena, vecina del barrio se le acercó más de lo conveniente. Ella, atractiva mujer de unos treinta y ocho años, emprendedora muy exitosa, banquetera, poseía una Pyme con cinco empleados y se movilizaba en un bonito automóvil.

Ximena comenzó a visitar al cartero y a llevarle exquisitas viandas y la conquista progresó rápidamente, no sólo halagando al estómago.

Y René apareció por el condominio entregando la correspondencia arriba de un elegante auto, el de Ximena, por supuesto.

Llevaba a los vecinos generosamente de un lado para el otro, haciendo propicia la situación para las más entretenidas y alegres conversas, repletas de chismes y copuchas varias.

Terminaba su jornada muy temprano, a las 3 PM ya estaba de vuelta, el almuerzo delicioso le era servido y luego al sobre, pero, algo varió en la rutina.

Ximena entraba al baño, se aseaba prolijamente y se perfumaba integralmente con lociones de alta gama, luego se cepillaba la ondulada cabellera azabache y procedía a ceñir sus contorneadas y turgentes curvas con la más provocativa lencería negra.

Ella había observado en una aplicación de su celular a una hermosa y sensual mujer que lucía su figura entrecruzada por llamativa lencería —Camila Follici—; adquirió esas indumentarias y las vistió, sorprendiéndose de la imagen que le devolvía el espejo.

Así las cosas, irrumpió en la habitación la exitosa banquetera, llameando sus azules ojos, dispuesta a servirse el banquete largamente apetecido.

René no alcanzó a dormir más de una hora, la imagen vibrante, reluciente, embriagadoramente perfumada, equilibrada sobre tacones de 15 cm, en su semidesnudez, lo enloqueció y lanzando un bramido demoníaco se lanzó sobre aquel prodigio de seducción. Realizó la mejor performance de su vida con muuuchos encores, coreados por alaridos ensordecedores. Los vecinos casi llaman a carabineros.

La situación se repitió casi a diario, René comenzó a engordar, ya no tenía energía para entrenar, la fecha de la Maratón de Viña se acercaba.

De manera que nuestro personaje tomó una decisión drástica y apareció una mañana, al trote, arrastrando su carrito y se perdió por el abigarrado laberinto del cerro Chorrillos, trepando hacia las Siete Hermanas.

Días después me lo topé en el ascensor y me confesó que habían llegado a un acuerdo, él utilizaría el auto dos veces a la semana, en esas oportunidades, Ximena lo podría visitar y dar rienda suelta al romance, pero nada más.

«Usted sabe, yo soy un deportista».
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# Piloto de Dromader

Dromader: avión de combate, pero de combate de incendios. Monoplaza, ala baja. Motor radial de 980 caballos de fuerza. Velocidad máxima 300 km/h. Es tal su potencia motora que vacío —sin agua— puede volar colgado, es decir, vertical, sustentado sólo por la hélice. Capaz de caer en picada a más de 600 km/h, liberar el agua y elevarse de un salto a gran altura. Si falla la tapa de vaciamiento, se estrella sin remedio. Avión de maniobras extremas.

Vivía Roberto en una población del cerro Agua Santa, cercano al aeródromo civil de Rodelillo. Desde muy niño saltaba las cercas y se acercaba fascinado a las avionetas. Colaboraba con los mecánicos en la mantención de las aeronaves, quienes pronto simpatizaron con el niño y aceptaron gustosos su compañía y rápido aprendizaje en la compleja mecánica aeronáutica.

Así las cosas, Robertito cumplió con honores los estudios secundarios en el Liceo Técnico, titulándose de mecánico con especialidad en motores de aviones. Entretanto, los pilotos invitaban en sus vuelos al niño, sorprendiéndose con la habilidad innata, prodigiosa de Roberto en el pilotaje. Por otro lado, se desempeñó en la mantención de las aeronaves, su dedicación experticia y disciplina, pronto le valieron el ser designado jefe de taller.

Pero todo iba a cambiar con la llegada de los tres Dromader y sus pilotos: Karl, Rocío y Johannes. Este último decidió quedarse en su Holanda natal y no viajar a Chile, país que no conocía ni de nombre. Una suerte para Roberto.

Karl, un cuarentón introvertido, casi huraño, hijo de un héroe alemán de la Luftwaffe, llevaba el volar en su ADN, al igual que la música: era un muy buen pianista con algunos exitosos conciertos a sus espaldas.

Rocío, de unos 30 años, era la última alumna de Madeleine Dupont — la legendaria piloto chilena que, entre muchas hazañas, dio la vuelta al mundo en una minúscula avioneta monomotor—, e hija de su asistente doméstica. Desde muy niña acompañó en sus vuelos a la leyenda, aprendiendo hasta los más detallados y abstrusos trucos del arte de volar. Las acrobacias improvisadas por Rocío hacían palidecer a la maestra. A los 20 años, Rocío se presentó en Rodelillo y se dirigió con paso firme al encuentro del fiero Dromader, que la esperaba con actitud desafiante. Por respeto a Madeleine, la Directiva del Club Aéreo Rodelillo, integrada por curtidos y experimentados pilotos, autorizó la prueba.

La pequeña, delicada y hermosa figura, sin abandonar ninguna de sus gracias femeninas, vestida con su traje de piloto confeccionado a la medida, se dirigió con decisión a la potente máquina.

Los pilotos, mecánicos, Karl y Roberto preocupados, pendientes de la escena, en primer lugar, temían por la vida de la doncella y luego por los posibles daños a sufrir por la nave.
Rugieron los 980 HP del colosal motor, vibró la alumínica estructura al ser requerida con fuerza y seguridad por aquella minúscula y fina manecita.

Con un violento envión, acompañado por el alarido monstruoso del motor, se elevó casi a la vertical el Dromader, colmado su estanque con 2.500 litros de agua. Un punto en el azul intenso que luego cayó, dibujándose los contornos progresivamente en Stoll absoluto de suicida Hoja Muerta, luego un nuevo rugido y brutales, ceñidos loopings se sucedían, los Immelmann, el vuelo rasante e invertido a medio metro de la pista, maniobra reservada a Roberto y a Karl, provocaban las expresiones más incrédulas y boquiabiertas del selecto grupo de espectadores. Madeleine reía con profunda satisfacción.

Un nuevo ascenso caracoleado y se escuchó la cristalina voz de Rocío por el radio: «Hola amigos, ¿tienen calor?», y a renglón seguido efectuó una picada por el ala vertiendo las dos toneladas de agua sobre los espectadores que aplaudían delirantes.

Karl corrió hacia el humeante aeroplano ofreciendo su mano para ayudar, un coqueto descenso.

El Dromader XL-720 fue pintado color rosa y de ahí en adelante no conoció a otro piloto que Rocío.

Un violento incendio de bosques en la zona de Quilpué motivó el despegue del trío de Dromaders. Con su desempeño habitual el siniestro fue sojuzgado rápidamente. La Troupe con sus estanques plenos daban una última revisión a los humeantes restos boscosos, cuando, de pronto, un reavivamiento del viento surazo porteño, aquel que enciende las pavesas y rebrota las llamas.

Roberto alcanzó a ver entre la espesa humareda a un hombre y a una mujer estrechamente abrazados, implorando ayuda, con sus brazos elevados y manos suplicantes, rodeados por una furiosa cortina de fuegos renacidos. Se encontraban en medio de un claro rectangular del bosque, sí, la cancha de fútbol de la calcinada población. Roberto dio precisas instrucciones por radio, el Dromader rosado y el Dragón, como Karl llamaba al suyo, batieron las alas a babor y estribor en señal de acuerdo. Se ubicaron a unos 50 metros de altura sobre el avión de Roberto, uno a cada lado y comenzaron a verter medidamente, de a 500 litros el líquido elemento. Roberto hacía lo mismo casi a ras del irregular suelo, en medio de los troncos ya que las llamas estallaban en la copa de la arboleda.

Roberto a toda velocidad esquivaba los troncos, en medio de la humareda, con bruscos golpes de timón, clavando un ala a la izquierda, luego la otra a la derecha en medio de la nubosidad acuosa creada por él y sus compañeros. El viento se arremolinaba en una demencial combinación con las llamaradas que surgían de lo alto, transversalmente y de abajo.

El Dromader saltaba rugiendo enloquecido, rozando los troncos con las puntas de las alas.

De pronto, el rectángulo abierto, cruzado por pavesas encendidas por doquier. Rocío y Karl seguían sobre Roberto en una triangulación perfecta, como adheridos por una geometría impecable, manteniendo esa nube acuosa.

Roberto, enfrentándose a las ráfagas más potentes, colgó su nave del estruendoso motor bramando a máxima potencia y se dejó caer. Rocío y Karl en cerrados giros concéntricos sobre él continuaban entregando el riego salvador.

Roberto botó herramientas y enseres que guardaba en un depósito pequeño a sus espaldas y extendiendo sus manos, agarró firmemente a la pareja, a su hijita de tres años y hasta al Washington, el clásico Fox Terrier quiltrito. Un amasijo de cuerpos, piernas, brazos y perro se amoldaron en el estrecho cubículo que se compactó aún más al cerrar el piloto la cabina de un golpe.

El avión Rosa y el Dragón se lanzaron en una postrera picada, regando copiosamente con la última tonelada de agua el avión de Roberto que ya rugía contra el viento, caracoleando entre los troncos, cayendo por una quebrada, la que siguió, reconociendo su topografía hasta que visualizó el mar, Caleta Abarca. Ascendió casi a la vertical, el motor con fresco oxígeno recuperaba todos los bríos luego de estar sometido a un ambiente escaso de oxígeno que momentáneamente redujo su rendimiento.

La pareja y la niña gritaban agradecidos y aterrados, Washington ladraba y aullaba con una mezcla de sentimientos. Roberto aterrizó con la gracia y elegancia habitual.

Una ambulancia se llevó a los ilesos rescatados. Roberto se quedó con el Washington. Rocío y Karl llevaron a su compañero al casino a tomar un refrigerio. Washington recibió feliz agua y unos carnosos huesos, subproductos de un asado.

José Donoso, periodista del Valpopost, algo malhumorado, esperaba para entrevistar a Roberto, ya se veía frente a un apuesto y engreído piloto, famoso y adorado por multitudes, un arrogante John Wayne del aire.

Sin embargo, no dejaba de admirar ese raro y zumbante avión, con una cabina jorobada, semejante al lomo de un camello, que daba volteretas rozando la pista y que increíblemente la recorría invertido a solo cincuenta centímetros del asfalto. Luego, levantando bruscamente el morro, quedaba colgando del vertiginoso girar de la estruendosa hélice, como un helicóptero, para en seguida enderezarse y aterrizar con toda suavidad.

Ya Karl y Rocío le habían narrado con detalle la epopeya y José esperaba terminar la entrevista con el afamado protagonista.

Bramante y humeando, el Dromader se detuvo, un mecánico ajustó la escala y descendió un joven más bien bajo, algo regordete, de abundante cabellera azabache que caía en rizos desordenados sobre su frente y anteojos.

Con tímida sonrisa Roberto avanzó extendiendo su mano. Se despidió del mecánico señalándole, «bastante bien Arturo, pinta y repara los aluminios quemados y estamos».

José Donoso terminó la entrevista cada vez más perplejo y admirado.

En eso se acercó un auto, lo conducía Francesca, esposa de Roberto. En el asiento trasero los dos pequeños hijos jugueteaban con el Washington, recién adoptado.

«Súbete rápido amor que tenemos que ir al supermercado».

Roberto trepó al asiento del acompañante y por la ventana se despidió del periodista comentándole «menos mal que la Francesca maneja, Ud. sabe lo peligroso que es manejar en Viña del Mar hoy en día».

Y lo decía en serio.
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Octubre 2024
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