Jacinto y Almudena


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El obeso padre Nicanor, al levantarse bruscamente, pisó la sotana y cayó violentamente hacia adelante, llevándose el confesionario consigo, el que se desintegró contra el suelo, volaron las vetustas y polvorientas tablas por todos lados. Desde el suelo el sacerdote vociferaba, “pobre niño, está poseído, debemos practicar un exorcismo”. La catequista Miss Rosita corrió a…

El obeso padre Nicanor, al levantarse bruscamente, pisó la sotana y cayó violentamente hacia adelante, llevándose el confesionario consigo, el que se desintegró contra el suelo, volaron las vetustas y polvorientas tablas por todos lados. Desde el suelo el sacerdote vociferaba, “pobre niño, está poseído, debemos practicar un exorcismo”.

La catequista Miss Rosita corrió a auxiliar al buen confesor y al enterarse del contenido de la confesión de Enrique, roja como un tomate, explicó la situación.

El bullicio y la algarabía se multiplicaron por todos los rincones del templo, los ecos reverberaron por un tiempo, el padre Jacinto, el párroco jefe, llegó presuroso, mirando hacia abajo al tembloroso Nicanor con el ceño fruncido, el que balbuceando le narró el equívoco. El párroco lanzó una sonora carcajada y dirigiéndose al niño le recomendó no usar esa palabra hasta que fuera un poco mayor y entendiera algunas cosas, que, “para serte franco, aún no las entiendo muy bien yo”, y continuó riendo, esta vez mirando a miss Rosita y al trémulo confesor que no conseguía levantarse. “Y ustedes dos se harán cargo de cumplir la penitencia de cincuenta avemarías y cincuenta padrenuestros que querían endilgarle al niño.”

El padre Jacinto era un alto y musculoso cuarentón, de cabello semicano, facciones muy armoniosas, de trote diario por las costas de Salinas y Con Con, de carácter alegre, sereno y bondadoso.

Intérprete de piano y órgano, consideraba a la música como el medio más efectivo para acercarse a Dios, hacía clases de música y dirigía una orquesta de cámara infanto juvenil, poco dado a los sermones clásicamente catequizantes, inculcaba prácticas científicas, deportivas y artísticas. Enrique formaba parte de la orquesta tocando su clarinete, ya parcialmente domado, ahora hasta apreciado por el vecindario, un año atrás las reacciones eran diferentes.

La doctora Almudena Aguirrezábal descansaba tendida en la playita El Encanto, casi inaccesible, había trotado desde Viña, unos doce kilómetros y miraba las olas ondeando con curvas siempre distintas, ritmo acompasado que la adormecía, evocándole el Bolero de Ravel que por esos días practicaba en su violín Guarnerius, instrumento traído desde España por su abuelo, joya familiar, que ella tocaba con singular acierto.

Almudena, bella, trasgresora, independiente, disfrutaba de su especialidad de cirujana infantil, que le permitía salvar vidas de niños, pero, a pesar de no reconocerlo, le pesaba sentirse sola, el universo de posibles compañeros era muy estrecho, su acervo cultural, artístico y profesional reducía drásticamente el número de candidatos aceptables, no toleraba el tedio de conversaciones triviales o francamente vacías que le ofrecían sus ocasionales parejas.

Tampoco participaba de la conducta de una amiga colega psiquiatra, que disfrutaba de aventuras con jóvenes bien parecidos sin atender a sus bajos niveles intelectuales.

Cuando Almudena le criticaba su proceder, Alicia, la psiquiatra, le contestaba que no los quería para hablar de filosofía precisamente, lo que las hacía estallar en risas, eran mejores amigas, la verdad.

En eso, apareció trotando por la playita El Encanto, un tipo no muy alto, pero muy musculoso, de pelo entrecano, portaba una mochila de la cual extrajo una bolsa repleta de pescados frescos. Del rompeolas emergió un gigantesco lobo marino macho, su cabeza de tamaño colosal, dando tumbos, impelida por su tronco energetizado por la poderosa cola terminada en dos ridículas patitas, bufaba, gritaba el monstruo.

Jacinto entre risas, respondía con gritos alborozados, “holaaa Nerón, siempre puntual”, el lobo en posición vertical ya abrazaba al cura con sus aletas pectorales y abría sus enormes fauces tragando los pescados frescos apenas asomaban de la bolsa.

Almudena horrorizada corrió en ayuda del desdichado, pensaba ella, a punto de ser engullido por el monstruo marino. “No tema señorita y no grite por favor que va a asustar a Nerón” Jacinto se volvió riendo y ya Nerón ofrecía su aleta pectoral a Almudena, ella, temblorosa se la estrechó.

La doctora, entre divertida y asustada, rió agudamente y Nerón le retrucó con bufidos y contorsiones imitando las asustadas gesticulaciones de la galena.

“¿Cómo se atreve a jugar con esa inmensa foca?” Inquirió Almudena, “no es una foca señorita, es un lobo de mar, otaria flavescens”, respondió divertido, amable y escaneando la bella figura, a pantalla completa, el párroco.

Nerón husmeó la bolsa vacía y emitió un bufido de despedida, su enorme cuerpo se zambulló bajo una ola. Lobo comido, lobo ido.

Sentados sobre la arena, la pareja parloteando y riendo, no percibieron la llegada de la tarde. Almudena feliz disfrutaba de un momento pleno, largamente esperado.