En la nave AGS-61 reinaba agitación, marinos y científicos se afanaban bajando el Batiscafo con blindaje de 25 cm de acero y dos ventanas ojos de buey, el submarino autónomo semiesférico, repleto de instrumentos y cámaras que no dejarían detalle por grabar de ésta, la gran expedición, largamente planificada.
El Teniente Raúl Riquelme, piloto y comandante de la nave, cómodamente sentado en su butaca personalizada y el Dr. Oceanógrafo y Etólogo Oscar Benítez, a su lado, atento al control multiinstrumental estudiado con esmero.
Las acciones se habían precipitado al comenzar Rao sus hiperventilaciones, premonitorias de una inminente inmersión a las profundidades. En efecto, el cachalote acumulaba oxígeno en la mioglobina de sus músculos que le permitirían bucear por noventa minutos sin respirar; simultáneamente desinflaba sus pulmones que quedaban reducidos a láminas planas, sin contenido gaseoso alguno, todas las cavidades corporales las repletaba de líquido sero sanguíneo a presión, de tal manera de poder resistir las colosales presiones de toneladas de agua a medida que se precipitara al abismo atacameño. Por si fuera poco, disminuía su frecuencia cardíaca a sólo cuatro latidos por minuto. Se sumergía Rao como una roca, con el mínimo gasto de energía, con esas transformaciones portentosas, mágicas, que la evolución le había regalado a través de eones y que le permitía sumergirse hasta tres mil metros, con seguridad, para cazar a los gigantescos kraken de las profundidades abisales, los calamares de dos a tres toneladas.
Los cachalotes, amos absolutos de esas profundidades, con una inmersión y una captura, tenían el alimento suficiente para quince días y no necesitaban gastar mucha energía cazando peces menores en la superficie.
Rao observaba el batiscafo descendiendo junto a él y sonreía mostrando sus enormes dientes frente a las ventanas circulares, ojos de buey, desde donde gesticulaban saludándolo los argonautas modernos.
Cincuenta metros, multitud de peces se agolpaban curiosos frente a las ventanillas, jureles, blanquillos, lenguados, tiburones, pulpos, rayas, la multitud variopinta se fue distanciando en la medida que desaparecía la luz solar, primero un nublado leve, luego una semioscuridad semejante al anochecer temprano. Rao coleteaba suavemente, con su enorme cabeza de un tercio corporal hacia abajo; el teniente Riquelme ajustaba la velocidad de descenso a la de Rao, las cámaras no dejaban de grabar.
Se hacía la noche abisal, la noche más oscura, más negra, sin adjetivos suficientes para describir lo lóbrego que puede ser un lugar donde jamás llega un rayo de luz. Se encienden los focos con luz tenue para no incomodar al cachalote que hace ya un buen tiempo que ha cerrado los párpados, ya no puede ver, ni lo necesita. Se ubica perfectamente con su ecolocación emitiendo clics regulares, con su órgano emisor ubicado en el centro de su grasa especial cefálica.
Quinientos metros, ochocientos, mil doscientos, aparecen peces casi transparentes, laminares, pero muchos de ellos dotados de dentaduras afiladas, amenazantes, portando sobre sus cabezas unas varillas que adelantándolas en su extremo distante tilila una lucecita que obra como señuelo que atrae peces que son devorados.
Mil quinientos metros, una sacudida brutal, pérdida total del control de la nave, el teniente comandante lucha con los controles, un descenso rápido, con embates ondulantes, como la propulsión rítmica de un nado de calamar gigante. Por el ojo de buey aprecian espantados dos ventosas de veinte centímetros de diámetro adheridas al grueso cristal. Estaban siendo arrastrados por un calamar gigante a las profundidades del abismo de Atacama.
Entretenidas tardes, Jacinto se había conseguido una sala con piano en el Conservatorio Izidor Handler y practicaban las sonatas para violín y piano de Mozart. El cura, vestido estrictamente de civil, se admiraba del sonido del Guarnerius de Almudena, les salía bastante bien y progresaban en su fiato, al igual que su relación.
Las pocas horas que disponía Almudena fuera de sus cirugías, turnos y urgencias, a las que nunca se negaba asistir, las disfrutaba con su nuevo amigo. Respetaba su discreción y renuencia a confiarle aspectos de su vida, ella no inquiría detalles y se conformaba con la información que aparecía en forma espontánea; Jacinto vivía en Cinco Norte, dictaba clases de música y era director fundador de la orquesta infanto juvenil.
Jacinto Brener pertenecía a una familia de buena situación económica, dueños de fundos de la fértil zona de Casablanca, vitivinícola y ganadera.
Trotaban por los prístinos bordes costeros viñamarinos, interpretaban a Mozart, asistían a los conciertos del Aula Magna de la U. Santa María y una tarde, saboreando un mosto tinto carmenere, proveniente de las viñas Brener, mirando una puesta de sol entre rosados arreboles, se encontraron enredados, uno en brazos del otro, sorprendiéndose ambos de una performance inesperadamente coordinada y satisfactoria. Almudena lánguidamente recostada entre desordenados y mullidos almohadones, apuraba con deleite el espeso carmenere, no pensaba, sentía y disfrutaba cuán feliz era.
El párroco, aturdido y desconectado, después del clímax apoteósico, recordó el momento en que señaló al niño Enrique que no hablara de fornicación, término que no entendía a su escasa edad, confesándose a sí mismo, en esa oportunidad, que él tampoco lo tenía nada claro.
Como habría dicho Einstein: para la ciencia, el arte. La creatividad en general, el cerebro, el pensamiento; para el sexo, el sexo solamente, dejémoslo ahí.