Rita


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por

Steinbeck condujo al recién incorporado por los hermosos pasillos, salones, jardines interiores del moderno Conservatorio, presentaba a Andrés con calurosas palabras de elogio a los maestros y alumnos con que se topaban. Al pasar por uno de los escenarios, se ensayaba La Quinta Sinfonía de Beethoven; Andrés detuvo a su guía, dos cosas habían llamado…

Steinbeck condujo al recién incorporado por los hermosos pasillos, salones, jardines interiores del moderno Conservatorio, presentaba a Andrés con calurosas palabras de elogio a los maestros y alumnos con que se topaban. Al pasar por uno de los escenarios, se ensayaba La Quinta Sinfonía de Beethoven; Andrés detuvo a su guía, dos cosas habían llamado su atención: el primer violoncello desafinaba en Sol y la rubia y hermosa violinista Concertino. Se llamaba Rita Dramilaeva.

Efectivamente, hubo de corregir el sol del primer violoncellista, ante el asombro del director y de todos los músicos presentes.

Nuestro personaje, en muchas oportunidades había sufrido el rechazo de niñas convencionales, incluso burlas, crueles desaires, no le gustaban las chicas con discapacidad intelectual o síndrome de Down, aunque siempre cariñoso, colaborador y comprensivo les ofrecía la amistad más pura, pero en este nuevo mundo, el del lenguaje, sentimientos y cultura musical que le ofrecía la vida en el Juilliard, era uno más, a la misma altura, incluso descollando sobre la mayoría. Todos admiraban su rápido progreso e incorporación total y entusiasta al selecto grupo. Toleraban con cariño sus actitudes a veces pueriles, que, comparadas con sus geniales intervenciones musicales, pasaban desapercibidas, eran consideradas simpáticas extravagancias de un superdotado.

Rita Dramilaeva, ante el temeroso y tímido acercamiento de Andrés, tantas veces cruelmente rechazado, lo recibió con un alegre y coqueto desafío, comenzó con la Danza del Mosquito de Rimsky Korsakov.

Su Stradivarius resonaba majestuoso, sus delicados dedos volaban sobre las cuerdas y el firme arco raspaba arrancando las semifusas, veloces, de frecuencia increíble. Andrés al piano la seguía implacable, como que a veces la arrinconaba con acordes de violencia, armonía y secuencia imposibles, ella zafaba del bello e intenso acoso musical. Fue un suceso en el salón cuatro del Juilliard.

No se separaron más.