La Academia Juilliard


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Esta academia, ubicada en Nueva York, es el Conservatorio más importante del mundo. Mantiene un alumnado de sólo ochocientos alumnos, todos prodigios deslumbrantes. Steinbeck, John Steinbeck, uno de los veinte profesores estaba de turno, debía ese día examinar a tres postulantes. Aburrido, detestaba examinar a talentos musicales que en un noventa y ocho por ciento…

Esta academia, ubicada en Nueva York, es el Conservatorio más importante del mundo. Mantiene un alumnado de sólo ochocientos alumnos, todos prodigios deslumbrantes.

Steinbeck, John Steinbeck, uno de los veinte profesores estaba de turno, debía ese día examinar a tres postulantes.

Aburrido, detestaba examinar a talentos musicales que en un noventa y ocho por ciento eran rechazados por no cumplir las estratosféricas exigencias de la Juilliard, y ahora, por añadidura, debía examinar a un joven chileno; bostezó, “¿dónde quedaba Chile? ¿Una especial solicitud de la embajada, proveniente a su vez del conservatorio de Viña del Mar? ¿Viña del Mar, donde se realiza ese bodrio detestable de festival de la canción?”

John hizo una seña para que pasara el sudaca, ya habían abandonado el recinto, cabisbajos una joven alemana y un australiano.

Steinbeck debió reprimir la risa, frente a él, erguido con una semisonrisa, una figura gruesa, de mediana estatura hacía girar en su mano izquierda una varilla a modo de hélice.

Lo invitó a sentarse frente al imponente Steinway y deseoso de terminar lo antes posible con aquel absurdo, colocó la pauta del último movimiento del concierto para piano de Tchaikowsky, con las octavas y sucesión de acordes más rápidas conocidas. Andrés al darse cuenta del desdén con que era tratado, solicitó efectuar la interpretación con un tempo más rápido. John asintió esta vez ahogado frente a semejante locura.

Los ojos desorbitados del maestro de La Juilliard contemplaron la brutal, vertiginosa, acelerada, perfecta ejecución en un arreglo febril, genialmente armonizado. Al concluir, Andrés acercó su varilla de volar a las cuerdas del piano, la que se incendió de inmediato. Steinbeck casi inconsciente rompió en vivas hurras y abrazó con fuerza al postulante.