Llegó el sábado. Junté todo mi dinero y salí a cumplir la apuesta. Me puse mis mejores jeans, mi faja, mi polera blanca y, sobre eso, una camisa cuadrillé roja, con una chaqueta; por supuesto, llevaba un gorro azul. Apareció Nicolás, también de jeans, pero con una polera; se notaba su cuerpo. Los demás se juntaron con nosotros.
—¿Adónde vamos? —dijo Manuel.
—A la mejor disco —dijo Nicolás—. Acostumbro ir por lo menos dos veces al mes; es donde están las niñas más bonitas.
—Yo no tengo mucho dinero —repuse.
—No te preocupes, yo invito; te la debo por pesado —argumentó Nicolás.
—No creo que sea justo —dije.
Nos subimos a la camioneta; yo iba adelante. Alguien dijo: «¡Una noche de hombres!», y empezaron a gritar. Traté de seguirlos y me sentí un poco tonta… pero me dejé llevar y, como hacía mucho tiempo que no me entretenía, gritaba y bromeaba como los demás.
Entramos a un local a comer parrillada, papas fritas, cerveza; creo que lo único que faltaba era algún sonido masculino para poner el broche de oro. Nicolás se paró de repente y dijo:
—Vamos a bailar.
Nos fuimos a un local feísimo, donde se veía poco… Tenía unas luces de todos colores y en una pasarela había mujeres bailando, vestidas con muy poca ropa. De vez en cuando había un show, donde una mujer aparecía de enfermera, de escolar, de vampiro, etcétera, y se iba sacando la ropa y haciendo movimientos seductores. Cada uno fue eligiendo a una de ellas, hasta que Nicolás miró a una muchacha y le hizo señas; ella se acercó y trajo a unas amigas. Cuando él iba a tomar su mano, ella se corrió y se sentó a mi lado. Miró a Nicolás, un poco retadora, y le comentó a una de sus amigas: «Tengo ganas de probar carne fresca». Al escuchar esto tragué saliva; estaba claro que era un juego y yo no quería participar. Empezó a hacerme arrumacos y a tratar de subirse encima de mí; yo trataba de mantenerla a raya y veía cómo él se desilusionaba. Al parecer, era la chica que lo acompañaba más a menudo, aunque estaba claro que no existía una relación entre ellos.
A pesar de que la situación era extraña, Nicolás rápidamente cambió de foco y empezaron a competir en diferentes juegos: el toro mecánico —donde se lució la gran capacidad de domadores que había en La Poderosa—, el pool… Pero donde los sorprendí y pude demostrar mis habilidades fue en el tiro al blanco, en el que, sin ser arrogante, soy sorprendente. Los chicos me preguntaban dónde había aprendido, si tenía una técnica… Por fin algo que no necesitaba tanta fuerza, pero sí habilidad. Aunque las apuestas más fuertes estaban en el pool, mi gran habilidad había creado interés entre otros clientes del local y querían ver hasta dónde llegaba. Está claro que les gané las suficientes veces: la cuenta de todos fue pagada por ellos.
Cuando salimos a la calle, los chicos estaban tan contentos que me nombraron el mejor secreto de La Poderosa. Mientras ellos decían eso, yo pensaba que verdaderamente soy el gran secreto de La Poderosa.
Casi al llegar a la camioneta, dije:
—Tengo cita y teléfono.
Supuse que eso sería bueno para mi hombría en el grupo.
—Pucha —dijo Nicolás—. Tení suerte hasta con las mujeres…
Eufórico, me dio un manotazo en la espalda que, con el impulso, me terminó llegando a la cara, y dijo:
—Te quedaste con la mejor…
Me sonreí y pensé: «Pero si es chica y no muy linda; quizá el asunto es que es muy curvilínea, eso es todo».
Regresamos a la hacienda. Fue tan entretenido reírse de todo o de nada, pura charla; todos éramos amigos, todos éramos camaradas, y sentí que realmente las relaciones entre hombres son quizá más livianas, más libres, más casuales, sin juicios, sin profundidad, y eso también está bien, y más que bien. Al llegar me sentí mucho mejor. Por fin, a dormir.