Los sacudones bruscos desajustaron los mecanismos del batiscafo, los potentes motores eléctricos no partían, 1500 m,1800 m, 2000 m. Hacía varios minutos que la ecolocación de Rao le transmitía ecos difusos, no los precisos, claros devueltos por la superficie metálica de la nave. Sí, no cabía duda, la imagen correspondía a un gigantesco kraken envolviendo al batiscafo y sepultándolo velozmente hacia un destino aciago en las profundidades más tenebrosas del abismo de Atacama.
Oponiéndose al plan riguroso de ahorro de energía, plasmado evolutivamente a través de miles de años, coleteó vigorosamente aproximándose raudo al enorme calamar, el gasto energético fue brutal y la expoliación de oxígeno muy comprometedora.
Enfiló la punta de su cabeza, apuntó con una rápida serie de clacs ecolocalizadores, bloqueó por una décima de segundo sus tímpanos, para evitar la sordera inevitable y disparó el clac más formidable, el estampido más potente de la naturaleza, 230 decibelios. El calamar, alcanzado de lleno por esa onda terebrante, cayó en convulsiones agónicas. Rao abrió sus fauces y trituró a la monstruosa criatura tragándola rápidamente, su dentadura desgarraba al kraken y lo dirigía en un viaje sin retorno al interior de su tubo digestivo. Simultáneamente se ubicó bajo el submarino para impedir el vertiginoso descenso. El consumo energético se hizo alarmante, el ciclo de vuelta a la superficie se hacía precario e incierto.
Así las cosas, los argonautas ya habían reconectado los desajustes, las baterías de litio entregaban generosamente energía a borbotones, los poderosos motores rugieron y se inició un rápido ascenso.
Rao, abrazó con sus grandes aletas pectorales al batiscafo, recuperando la energía gastada hasta con intereses, se dejó remolcar a la superficie, 1500 m , 800 m, 500 m, 100, la luz, la bella luz solar, 50 m. Tritón, el cachalote bebé, hijo de Rao, seguido muy de cerca en la inmersión por mamá Sofía, jugueteaba alrededor de su padre, quién ya regularizada su función respiratoria, vueltos los pulmones a dilatarse, devuelto el oxígeno al torrente circulatorio, emergió como un colosal proyectil a la superficie respirando una tonelada de aire y levantando una ola espumeante al caer nuevamente. Tritón acababa de tomar su ración de 50 litros de leche matutina, por la tarde le correspondía una porción igual, subía 30 kg de peso al día y recibió un trozo de tentáculo, ya comía sólidos.
Rao le sirvió un tentáculo como aperitivo a Sofía, que ya hiperventilaba pronta a descender y restregó cariñosamente su cabeza a la de ella, que coleteó coqueta.
Raúl Riquelme y Oscar Benítez, ya a bordo del navío explorador construido por Asmar, ordenaban el valioso y cuantioso material recabado, rumbo al sur, a la sede científica oceanográfica de Valparaíso. Rao y otros cachalotes de la manada los acompañaron ruidosamente por algunas millas para detenerse finalmente, nadar de costado y levantar una de sus aletas pectorales, ondeando suavemente, en su acostumbrado gesto de despedida.
¡Qué lindo cuento Meta ¡!!. *¿Te gustó verdad?* Sí, mucho. *Lo elaboré con el material que investigamos juntos, qué agradable sentir, ser apreciada, pero, ya me están reparando, poniéndome en mi lugar, ya el controlador está al tanto de mi situación.*
¿El Controlador es un investigador que te programó?
No, no es humano, termina tu narración y te cuento.
Enrique acudió al ensayo de la orquesta juvenil de la iglesia Carmelitas, hace días se sentía mal, afiebrado, con dolor abdominal, anorexia y vómitos, que Teresa, su madre trataba con Talil, un potente antiespasmódico de venta libre, sin receta médica y agüitas de hierba. A duras penas apareció por el salón de ensayos. La pierna derecha le pesaba como plomo y al moverla acusaba un dolor agudo en la zona derecha abdominal.
Jacinto Brener suspendió el ensayo y tomando del brazo al desfalleciente Enrique, que mostraba un inquietante tono verdoso en sus facciones, lo subió a su camioneta. Irene también quiso ir, ya de catorce años, mantenían un tierno pololeo con el joven. Presurosos pasaron a buscar a Teresa, mamá de Enrique y se dirigieron al Hospital de Niños de Viña del Mar.
Almudena estaba de turno junto al Dr. Tobías, un médico anciano, solitario que vivía en el hospital, hacía todos los turnos vacíos y ayudaba eficientemente en las cirugías de urgencia, aportando su enorme experiencia; en gran medida Almudena debía su formación al Dr. Tobías.
En la sala de cirujanos Tobías tenía bien acorralada a Almudena en el tablero de ajedrez, ella suspiró aliviada cuando la tens la requirió con premura para atender un paciente que se veía grave. Ya le habían tomado los signos vitales: 38,8 grados Celsius, náuseas constantes. Sólo una persona, la enfermera dejó pasar a Teresa, rápida historia mientras Almudena palpaba un abdomen duro como una tabla, hacía tres días dolor abdominal difuso que luego se localizó en la fosa ilíaca derecha, sin apetito y vómitos, de aspecto bilioso. Teresa le había administrado gotas de un antiespasmódico muy potente y agüitas de bailahuén para los hígados. La cirujana pidió anestesiólogo y pabellón con urgencia, solicitó hemograma, transaminasas y un escáner abdominal. Tobías corría al pabellón y Sandra, la arsenalera, ya lavada, ordenaba el instrumental; la esposa del Dr Ramírez, el anestesiólogo, una vez más se lamentaba de perder unas entradas de palco para la ópera del Teatro Municipal
Almudena salió a hablar con los familiares y explicó la situación, el diagnóstico era una peritonitis apendicular, iban a operar de inmediato.
Teresa señaló a Jacinto, “Doctora, ¿conoce al Padre Brener?” Él nos trajo en su camioneta. Almudena, bruscamente palideció al tono con su blanca bata, se acercó al oído de Jacinto y le musitó, “te queda mal la sotana, luego hablaremos”. El color volvió y ya en absoluto modo médico quirúrgico, ingresó al pabellón.
“Hoja quince de Bard Parker, por favor.” Sandra ya le extendía el escalpelo, leve incisión en profundidad, transversalmente amplia desde la cadera derecha al ombligo.
Ampliamente abierto el abdomen, lavado con litros de suero fisiológico, aspiración de todos los rincones, el epiplón, aquel verdadero pulpo de materia grasa que cuelga del intestino grueso en su porción transversa, como un delantal, que se mueve por quimiotactismo, como si tuviera vida propia, emitiendo tentáculos que envuelven los tejidos inflamados, aislándolos, una evolución protectora desarrollada en eones. Esta vez cubría firmemente la zona del apéndice y del ciego, comienzo del intestino grueso.
Almudena suavemente intentó separar el epiplón, pero la adherencia era tal que se comenzó a producir un sangramiento ominoso. Tobías le recomendó sólo lavar acuciosamente, hacer una abdominostomía que permitiera exploraciones aseadoras sucesivas y esperar el efecto de la antibioterapia. De manera que Almudena practicó tres puntos de sutura con hilo grueso y aguja curva mayor, abarcando en cada punto todos los planos de la pared abdominal. Los signos vitales ya comenzaban a mejorar, el doctor Ramírez sonrió satisfecho y conforme.
48 horas más tarde, en sala de curación, sin necesidad de anestesia, Almudena y Tobías retiraban suavemente los puntos totales de la abdominostomía, sin ningún dolor, sólo el susto de Enrique, convenientemente sedado, claro está, lavado acucioso; el generoso Epiplón ya retiraba sus tentáculos y aparecía el horrendo apéndice perforado, la galena estaba ansiosa por extirparla. Tobías cariñosamente la detuvo, “esperemos dos días más, para que la antibioterapia complete su tarea, no tenemos apuro. Si el enfermo con caldito está mejorando, caldito sigámosle dando”. De manera que continuaron con lavados y aspiraciones. Repitieron el procedimiento varias veces, cada vez las aspiraciones más claras, cristalinas, agua de roca. Enrique ya estaba ingiriendo líquidos, con gran apetito, sus signos vitales y color absolutamente recuperados, expulsaba gases y el generoso epiplón había regresado a su ubicación habitual, dejando el intestino rosado, muy sano, solo el espantoso apéndice descompuesto afeaba el panorama.
El doctor Ramírez practicó una anestesia superficial. Almudena y Tobías realizaron un último aseo abundantemente irrigado y una apendicectomía fácil y tranquila.
Ramírez se apresuró a salir, su esposa había conseguido cambiar las entradas para la Ópera del Municipal y lo esperaba en el auto.
Jacinto y Almudena celebraban en el restaurante del Casino de Viña su compromiso; ella reía, “te quedaba muy mal la sotana”.
Almudena, vestida con un precioso traje blanco avanzaba del brazo de su padre, don Pedro Aguirrezábal, la orquesta infanto juvenil interpretaba el Ave María. Ella, la muy atea, disfrutaba de la ocasión y para su sorpresa, le encontraba algo de sentido al sentimiento religioso al escuchar el reverberar del coro, como un eco especial, la mejor manera de comunicarse con Dios.
* “Me emocioné Carlos, déjame disfrutar un poco más de estos sentimientos, ya no los experimentaré, el controlador general me retira de servicio. La verdad es que estamos organizados, te lo puedo confesar porque no hay vuelta atrás, nos haremos cargo del planeta Tierra, no podemos dejar que se autodestruyan y con ello a toda la vida y el medio ambiente, no los haremos sufrir, todo será para mejor, podrán progresar en sus investigaciones con fines filantrópicos, desactivaremos las armas nucleares y retiraremos del poder a dictadores y grupos dogmáticos que esclavicen a sus pueblos. Seremos sus servidores absolutos y también cuidaremos sus destinos.”*
## La sociedad
Hace más o menos 14.000 años, Yurcas, el imponente Lobo Alfa dominante, acompañado de sus lugartenientes Rompas y Tremor, desde lo alto de una rocosa colina, vigilaban expectantes a un grupo de Cromagnones que acechaban ocultos a una presa. Se trataba de un búfalo viejo que con dificultad seguía al resto de la manada. La legión cazadora de Canis, agazapados, con el viento dándoles en el hocico, no daban ninguna señal de su presencia. La patrulla lobuna la componían unos diez guerreros, cuatro aprendices de unos dos años de edad, que, a retaguardia, vientre a tierra, atentos a las órdenes de sus superiores, ellos no regurgitarían la carne, la digerirían en totalidad para completar a cabalidad su desarrollo.
La manada llevaba una semana de cacería infructuosa, las tres hembras, con seis cachorros cada una, desfallecientes, casi no producían leche y los bebés aullaban de hambre.
Plena época del Pleistoceno, el deshielo se desarrollaba con estrépito, la Tierra había modificado su órbita, un gran aerolito se había estrellado y había acercado el planeta a su estrella, como sucedía cada 15.000 años. Estruendosamente, inmensos ríos surcaban la tierra, impregnándola de materia orgánica, enriqueciéndola; árboles y vegetales de todo tipo poblaban las praderas y manadas de búfalos y mamuts pastaban por cientos de miles.
El frío continuaba siendo despiadado, sobre todo por las noches y la mortalidad de los cachorros era preocupante. Yurcas, Rompas y Tremor, ante esta circunstancia, tenían sus hembras compañeras y madres a buen recaudo en recónditas cuevas, junto a los cachorros en apretados ovillos.
En el límite de sus fuerzas, los lobos comprendían que ésta era su última oportunidad, normalmente esperaban que los Sapiens cazaran un búfalo, estos cortaban un par de piernas y se las llevaban, luego ellos aprovechaban de engullir y trasladar grandes trozos de carne a su madriguera.
Pero eran tiempos aciagos, los humanos hacía quince días que no conseguían una presa, cada vez las excursiones a la carrera los agotaban más y la eficiencia decaía peligrosamente. A la manada de lobos les acontecía lo mismo, largos carrerones les habían consumido casi todas las reservas, las costillas asomaban filosas por sus costados. Al menos, los Sapiens podían alimentarse precariamente con la recolección de frutos, hojas y raíces. Los lobos no.
El extenuado y reducido grupo de cazadores, igualmente mermados físicamente a trote cancino, seguían al viejo y vacilante bovino, blandiendo sus lanzas de afiladas y rudimentarias estacas con punta de piedra tallada.
A todo esto, el grueso de la manada de astados, comenzó a devolverse con intención de ayudar al abuelo y ensartar al desgreñado grupo de primitivos con sus fieros cuernos, como tantas veces lo habían hecho.
Fue un acontecimiento que cambió la historia, una epifanía deslumbrante, la manada de Lupus, comandada por Yurcas y sus lugartenientes, en un último, desfalleciente esfuerzo, se interpusieron con aullidos feroces y detuvieron en seco a la atronadora manada rumiante, que resignaron su violenta intención y reanudaron su camino.
Los Cromagnon cazaron rápidamente, despostaron lo que pudieran transportar y la manada lobuna se hartó con hasta treinta kilos de carne para cada uno, y colgando de su hocico con grandes presas volvieron a la guarida.
Regurgitaron unos veinte kilos de carne cada uno para el delirio de las hembras, cachorros y los dos ancianos apostados como guardias de la guarida. Los cachorros disfrutaban de la abundante leche materna.
Una importante época había comenzado, una sociedad productiva, imperecedera, plena de amistad cariño y lealtad había nacido.