La manada Lupus cada vez se acercaba más a la tribu Sapiens, de hecho, participaban en las expediciones de cacería siguiendo a prudente distancia a la fila de ágiles humanos.
Luego, ya en la pradera, Yurcas, Rompas y Tremor, con tres guerreros siguiendo a cada uno, se desplegaron cercando a la manada de búfalos, a toda carrera, densa polvareda se levantaba de la tierra golpeada por los cascos de los inmensos rumiantes, que eran hábilmente guiados hacia los parapetos rocosos donde esperaban los diestros cazadores premunidos de sus arcos, flechas, lanzas y las recientemente incorporadas lanzaderas.
Estas últimas eran largas pértigas que, adosadas a la lanza, al ser impulsadas, alcanzaban el doble de distancia, ya que aumentaban el brazo de palanca del cazador.
La presa caía abatida y se repetía el ritual alimenticio, pero, poco a poco, los lobos se fueron acostumbrando al olor y sabor de la carne asada, ya vivían en la caverna, en la entrada, alrededor de las fogatas, montando guardia. Pasaban los años y ya los Lupus colaboraban arrastrando grandes presas sobre arbustos amarrados, a modo de primitiva parihuela, uncidos a ella, fuertes guerreros cánidos transportaban la carne, la que asada les era entregada en generosas porciones.
El exquisito aroma no sólo encantaba a Sapiens y Lobos, de pronto un enorme tigre diente de sable saltó de una roca a caída vertical y cayó en medio de la manada, su enorme, musculosa figura de 280 kg se revolvía, lanzando mordiscos acá, allá, arañazos con sus inmensas garras, mordiscos asesinos intentando clavar sus sables a diestro y siniestro, sus solos rugidos helaban la sangre y paralizaban al más plantado.
Los humanos, por largo tiempo fueron sus fáciles presas.
Sheeran fue la primera en saltar sobre el cuello de la enorme fiera, recibiendo un feroz arañazo, el resto de los guerreros, como un solo cuerpo peludo, palpitante de energía y valor se prendieron de piernas, brazos, grupa del Smilodon que giraba aullando de ira y dolor. Tremor, el negro y gigantesco lobo, el coloso más fuerte e inmenso de la manada se colgó de la piel inferior del cuello, mordiendo con la máxima presión, ahogando a la bestia felina que soltó a Sheeran, quién cayó desfalleciente, mortalmente herida.
El feroz felino huyó gravemente herido.
Sheeran, hija de Yurcas, el mejor olfato y vista de la manada, siempre al frente, veloz, grácil despampanante en su canina belleza, revoloteaba coqueta alrededor de Tremor, desde luego con el total beneplácito de su padre. Pero el imponente Tremor sufría de una timidez tan invencible como su coraje y bondad, mirando para otro lado bajaba la cabeza, ponía la cola entre las piernas y se escabullía muerto de vergüenza.
Tectlu, el médico brujo de la tribu de Sapiens, tomó a Sheeran en sus brazos, en colaboración con sus atentos ayudantes y la depositó con delicadeza en un lecho de blandas pieles de búfalo, la noble loba respiraba con dificultad. Ya Rrezia, la enfermera lanzaba brasas al agua contenida en la vasija de arcilla, las burbujas indicaban la ebullición acuosa. Donde hervían delgadas telas de cuero y agujas talladas en hueso, muy semejantes a los anzuelos para pescar.
Tectlu procedió a lavar cuidadosamente, en profundidad las horribles heridas, auxiliado por sus diligentes ayudantes. Rrezia preparó los emplastos con hierbas medicinales, los que fueron aplicados sobre los tejidos cruentos , que fueron vendados y sujetos circularmente en torno al tórax con suaves telas de cuero curtido.
El aseo y las curaciones se practicaron tres veces durante la noche; Tremor gemía y lanzaba lastimeros aullidos.
Al día siguiente, Tectlu enhebró las finas curvas agujas óseas y suturó cuidadosamente la herida. Sheeran bebió agua a sorbitos y comenzó a aceptar pequeños trozos de asado. Su recuperación fue rápida, ya caminaba; con paso tembloroso se ejercitaba con determinación, venciendo los dolores postoperatorios. Tremor la apoyaba cariñosamente con su enorme corpachón.
Tremor había enviudado años atrás, permaneció solitario, llorando su duelo por más de seis meses, sólo dedicado a los menesteres de la cacería en que era especialmente disciplinado y valiente, poniéndose al servicio de las necesidades de la manada, era el que más regurgitaba carne para los bebés, las madres y los ancianos guardianes de la madriguera. Cuando cazaba una presa menor, un ciervo, se retiraba y esperaba que todos comieran; él, al final se conformaba con poco. Yurcas, el jefe, le profesaba gran afecto y admiración, era su brazo derecho, es decir su garra derecha.
Sheeran deambulaba con su agilidad acostumbrada, pero Rrezia observó con preocupación su abultado abdomen que bamboleaba raramente y sospechó una complicación post quirúrgica, pero Sheeran se mostraba feliz, sana, radiante.
Atardecía, Sheeran recostada era asistida por otras lobas y Rrezia, pleno trabajo de parto. Tremor y Yurcas se paseaban nerviosos por la entrada de la caverna, acompañados por otros bravos en gesto de solidaridad, Tremor, el gran cazador, el más valeroso guerrero de la manada, nunca se había sentido más inútil y angustiado, Yurcas no lo hacía mejor.
Seis hermosos lobitos pasaron a engrosar el destacamento más tierno de la manada, tres machos negros como la noche y tres bellas rubias como su madre.
Tremor se recostó junto a su hembra y a sus hijos que mamaban la leche que brotaba a borbotones. Sheeran besaba tiernamente a su grandulón, que exhausto dormía profundamente. Sin duda Tremor prefería perseguir búfalos y luchar contra Smilodones que presenciar el alumbramiento de su prole, nunca se había sentido más tenso y agotado.
## La bandada
El parapente yacía algo arrugado sobre la pista de despegue del Cerro Tacna en Maitencillo. Lucía desaliñado sobre la verde pista, exento de significado, una delgada alfombra multicolor.
De pronto cobró vida, pletórico de energía distendió sus 28 m2 de superficie, empujando fuertemente hacia atrás al piloto que, con la maniobra adecuada, logró ubicarlo sobre su casco, cambiando el empuje; esta vez Ernesto sintió la familiar tracción hacia arriba que pugnaba por levantarlo y ya lo tenía en punta de pies. Memo, el control en tierra, rápidamente revisó la maniobra, todo en orden, hizo la señal de despegue. El piloto dio tres pasos contra el viento hacia el precipicio, 100 metros sobre el nivel del mar que rugía abajo, hermoso y amenazante como siempre, lanzando sus espumosos desgarros al chocar contra las rocas hacia arriba, al igual que el viento al golpear las verticales murallas del acantilado y elevar la corriente ascendente dinámica que proporcionaba el sustento anti gravitacional para el parapente.
Ernesto sintió la familiar sensación de placer y rara angustia atemorizante que ocasionaba un cólico suave, como que las vísceras también quisieran participar de esas ambiguas reacciones.
Hay un viejo dicho que dice que el piloto que no siente algún grado de temor es parapentista peligroso; Ernesto sí lo sentía y eso lo protegía.
Desde lo alto, a unos 300 metros de altura, se apreciaban personitas, casitas de veraneo, autitos, todo un ajetreo variopinto, como juguetes a cuerda moviéndose sobre una mesa. Algunas escenas se repetían día a día como rutinas veraniegas habituales.
Jubilado, solo, su mujer había fallecido hacía poco. Hijos y nietos cariñosos, con su vida normal pero distantes, decidió arrendar una modesta cabaña en el Cerro Tacna, cerca del despegue. Hacía más de 30 años que practicaba el deporte y entre los pilotos gozaba de buena y simple amistad alrededor de asados, mostos y esas multicolores cúpulas que, elevándolos, les revelaban universos personales e íntimos.
La caleta de pescadores donde normalmente almorzaba le brindaba divertida entretención, a la par que el más exquisito almuerzo. Las vísceras, cabezas y otras presas del pescado faenado por los siempre alegres y talleros pescadores, iban a parar a los hambrientos picos de los pelícanos que se paseaban con su andar anadeante entre las mesas. Por generaciones asentados en la caleta, gordos y queridos, hasta tenían nombres. Las risas y gritos de los pescadores eran coreados por los gruñidos estridentes de estas grandes aves, imitando las risas humanas; en la naturaleza, libres, sin contacto con humanos, son silenciosos.
El más grande, un enorme pelícano, respondía al nombre de Néstor. Sí, respondía y se acercaba cuando se lo llamaba.
Néstor era un pescador con una nariz descomunal, de ahí la ocurrencia de bautizar al ave con ese nombre. Néstor era objeto de bromas, como así mismo el pelado, el cojo, el chico, el guatón y otros, que nunca sobrepasaban la delgada línea entre la cordial broma y la detestable burla. Las personas humildes tienen mucho respeto y delicadeza en sus relaciones.
Néstor, con gran sentido del humor e inteligencia para evitar el asedio jocoso, se ponía a graznar y caminar como pelícano, seguido de inmediato por toda la bandada encabezada por su tocayo, quienes graznando y riendo provocaban la risa y simpatía de todos.
Ernesto acariciaba a las aves y les servía trozos de pescado de su propia mano.
Desde lo alto el mar se transparenta y se pueden ver los cardúmenes de peces que brillan como saetas, masas de veloz desplazamiento subacuático, que serpenteando con bruscos cambios de dirección, tratan de esquivar a la bandada de pelícanos. Estos en su clásica formación en “V”, con Néstor a la cabeza, volando a ras sobre el agua, valiéndose del efecto suelo, se zambullían y emergían con un pez de hasta 40 centímetros de largo, lo acomodaban en su pico con la cabeza hacia adentro. El pez tratando de escapar con sus movimientos natatorios, no conseguía más que penetrar al esófago. Las aves tragaban enteras a sus presas y sus fuertes ácidos digestivos cumplían eficientemente su cometido.
La pesca que en ocasiones practicaban los pelícanos, daba la impresión de que lo hacían para no perder sus habilidades naturales, ya que el sustento lo tenían asegurado en la caleta, en la jovial relación que mantenían con los pescadores. Esta conducta que se apartaba absolutamente de su ruta instintiva es una muestra más del desarrollo notable de esta especie.
Volando el parapente multicolor, con frecuencia era acompañado por la bandada, que en su formación en “V”, escoltaban al viejo piloto. Volviendo su cabeza lo miraban y saludaban con su graznido suave y amistoso.
Rumbo al sur, el acantilado se extiende por kilómetros y ofrece algunas mesetas donde aterrizaba Ernesto acompañado de toda la bandada. Lugar tranquilo, especial, con espeso bosque a las espaldas, de frente el precipicio y abajo el espumeante estallido de las olas desgarradas por las rocas. El calor solía ser intenso y a la sombra de la arboleda, nuestro amigo veía con asombro cómo los pelícanos asomaban por su pico, abierto de par en par, la tráquea, herniada como un pestilente enrojecido tubo hacia el exterior para refrigerar su cuerpo, una especie de radiador fisiológico natural. Este gesto producía una reacción de sorpresa y repulsa, que era captada por la bandada que rompía en sus graznidos de risas y carcajadas.
Treinta millones de años de desarrollo continuo de esta especie desconcierta a los paleontólogos y ornitólogos que han encontrado restos fósiles prácticamente iguales en su estructura a los ejemplares actuales, salvo un notable aumento en su volumen craneano que habla claramente del crecimiento de su masa cerebral. El volumen y aspecto corporal mantenido invariable tiene relación con la total eficiencia alcanzada en su evolución y desarrollo, que no ha necesitado de cambios adaptativos, salvo su cerebro que sí ha continuado creciendo, permitiéndoles conductas variables notables, conjugando a maravillas su relación con los humanos y la mantención de sus habilidades de vida salvaje.
Un agradable viento de 20 km/h azotaba las laderas y las ascendentes dinámicas, mantenían firmemente la altura del parapente y a la bandada en rigurosa “V”. Se dirigían rumbo al sur en un vuelo placentero y tranquilo. El horizonte de prístina claridad y transparencia no permitía adjetivos suficientes para describir su belleza. Sin embargo Néstor, enarcando sus plumas de freno, se acercó a Ernesto, ladeó su cabeza, lo miró fijamente, sus ojos denotaban preocupación. Muchas veces esa diáfana claridad prologaba violencia, y así fue, bruscamente en cosa de segundos, apareció el “Surazo”. El traicionero viento sur fortísimo, arrachado, que golpea y suelta con demoníaca energía y maldad.
La bandada de inmediato inició la maniobra depurada a través de millones de años, cayeron picando sobre el ala y emprendieron el regreso con vuelo rasante pegados al mar, aprovechando el efecto suelo.
Ernesto se vio empujado hacia la costa detrás (a sotavento) de un risco, perdiendo altura vertiginosamente, envuelto en la peor pesadilla de un piloto, un rotor, masa de aire descendente como una cascada, pero de atronadora ventolera que lo precipitó sobre un roquerío. Sintió un lancinante dolor bajo la rodilla y un chasquido crepitante inequívoco: se había fracturado la tibia y el peroné. La radio había salido despedida, fuera de alcance, no podía moverse.
Pasaron horas de inclemente exposición al ardiente sol, labios resecos clamaban por unas gotas de agua.
De pronto, el desfalleciente accidentado vio posarse a contraviento y en arriesgada maniobra a Néstor y dos de sus lugartenientes en una roca cercana. Los tres pelícanos sumergieron sus cabezas en el mar y enseguida iniciaron unas especies de gárgaras ruidosas sacudiendo sus sacos gulares repletos de agua. Simultáneamente de sus fosas nasales brotaron chorros de agua blanquecina y espesa.
Se acercaron a la reseca cara de Ernesto y vertieron litros de agua sobre sus labios, cabeza y cuello. Era agua dulce, la más dulce jamás saboreada y bebida con fruición.
Unas horas más tarde, el bongo pesquero de Néstor se devolvía a la caleta con nuestro amigo rescatado y cómodamente instalado. Néstor el pelícano y dos de sus guerreros escoltaron al bongo volando a efecto suelo.
Los pelícanos son de los pocos animales que pueden desalar el agua de mar, obteniendo agua dulce para su consumo y eliminando la sal por sus fosas nasales.
Ernesto tratado y recuperado, siguió por largo tiempo volando en compañía de sus amigos.
Una tarde, elevándose en medio de una exquisita ascendente térmica, amplio tubo de aire caliente que asciende en busca de la nube que lo succiona, sintió mucho frío, los arreboles del atardecer habían quedado a sus pies, penetró la nube, el paisaje se difuminó, una tibieza grata invadió su cuerpo. La bandada volvió sola a la roca de la caleta.
Esa noche ninguno bajó a comer.
Agosto 2023
## Una vida diferente
El Maestro, vestido de riguroso y elegante smoking, desplazaba su corpulenta figura con acompasados pasos, esquivando los numerosos ramos de multicolores flores que atestaban el amplio camarín.
Ya los cincuenta y cinco mil espectadores repletaban las localidades del Teatro de la Opera Garnier de París, Emmanuel Macron, presidente de Francia y Brigitte, su esposa, ocupaban el palco de honor y muchas celebridades y miembros de la realeza europea se habían dado cita en El Garnier.
Una ubicación preferente le había conseguido el maestro a Pablo Pineda Ferrer, el primer Doctorado en Psicopedagogía de la Universidad de Málaga, portador de síndrome de Down.
Andrés, haciendo girar una batuta entre los dedos pulgar, índice y mayor, a modo de veloz, vertiginosa hélice, volaba, suspendido en esa nubosidad celeste.
Rita Dramilaeva, la hermosa, blonda concertina irrumpió en la augusta habitación del siglo XIX, “¿Amor, estás listo? Faltan quince minutos.”, Retiró de las manos de su esposo la batuta y le ayudó con los últimos detalles de su elegante vestimenta; Francoise, la secretaria se afanaba en ello.
Ya absolutamente en trance, envuelto en su celeste nube, el Maestro apareció en el escenario, pleno de confianza saludó al público, que deliraba entre aplausos y vítores.
Sentado al piano miró sonriente al Director John Steinbeck, director invitado y luego, a su izquierda a Rita, la Concertino, quién le devolvió el gesto con la más dulce de las miradas.
Vio la luz tardíamente, hubo que reanimarlo, casi resucitarlo, demoró el color violáceo de la piel en sonrosarse. Los primeros días fueron un fracaso de amamantamiento, no se alimentaba, parecía no querer vivir y sus reflejos lentos y escasos ensombrecían el pronóstico pediátrico.
Creció rodeado del amor familiar más completo, su condición de epilepsia severa lo hacía sufrir numerosos ataques que dañaban progresivamente sus neuronas, sin embargo, el cariño y las atenciones maternas, paternas y de todos los que rodeaban a este alegre niño, lo mantenían en un estado de bienestar y felicidad.
Hermoso, bullicioso, aprendió a caminar y a hablar en períodos normales, en el colegio, sin embargo, se manifestaron sus déficits atencionales, sus dificultades graves en el manejo de aritmética básica, en cambio sus progresos en lectoescritura fueron casi normales. Su infantilismo, puerilidad e inocencia lo hacían víctima de burlas y escarnios, fue expulsado de muchos establecimientos debido a su actitud violenta, defensiva del cruel bulling que sufría a diario.
Los exámenes psicológicos le diagnosticaron estado limítrofe, una ubicación en la escala de CI , un peldaño bajo la normalidad, muy por encima del síndrome de Down promedio y del discapacidad intelectual severa. De manera que siempre fue capaz de darse cuenta de la distancia que lo separaba de los del escaño superior y de los inferiores, lo que lo sumía en profunda tristeza al no acceder a los logros considerados normales y tampoco sentirse cómodo con sus compañeros más lentos. Pero con estos últimos forjó amistad y buenos sentimientos en una escuela municipal donde aprendió artes culinarias, guiado por un maravilloso maestro, don Aurelio, que con gran cariño enseñaba a un grupo de jóvenes con dificultades.
Gustaba de escribir cuentos, muy infantiles y pueriles, salía de camping con su padre y abuelo, le fascinaba viajar al sur, pescar salmones, navegar en velero, también era un muy buen nadador. Frecuentaba con deleite e insistía que lo llevaran a las ferias de artesanía y a las tiendas de antigüedades, donde había que sujetarlo para que no gastara su mesada en baratijas absurdas, pero se escabullía y aparecía con sus trofeos horribles que lucía radiante.
Cantaba con muy afinada voz de barítono en los guitarreos familiares y llamaba la atención su oído matemático, incapaz de la más mínima desafinación.
Frecuentemente se le veía caminar por el jardín, sin rumbo fijo, portando una varilla entre el pulgar, el índice y el medio, haciéndola girar velozmente como una hélice, en un estado semihipnótico, decía que volaba, “¿hacia dónde?”, se le preguntaba; “no lo sé —respondía—, pero algún día volaré.”
Cuando cumplió catorce años, la acostumbrada fiesta familiar, comilona algo regada, manjares preparados por la madre con ayuda del festejado y apareció entre los regalos una pequeña armónica básica.
A la semana, ante el asombro de todos, Andrés ejecutaba piezas de Beethoven, Vivaldi, en arreglos para el pequeño instrumento y multitud de piezas populares, autodidacta absoluto.
Se tomaron clases de música y piano. En la primera sesión, el maestro, un profesor entrado en años, algo gruñón, muy cansado de alumnos porros e indolentes, miró con pena y desaliento el rostro sonriente, inexpresivo, ajeno a todo signo de talento y brillo. Igual debía cumplir con la clase contratada y así invitó al niño a sentarse al piano, le mostró una pauta básica y la posición inicial de las manos.
De ahí en adelante todo fue un torbellino. Andrés ávidamente consumía las enseñanzas, las notas del pentagrama, redondas, blancas, negras, corcheas, silencios, puntos, calderones, sostenidos, bemoles, toda la música se trasladaba a la velocidad de la luz a sus manos, que recorrían el teclado de arriba abajo. El maestro no podía creer lo que veía, urgido corregía los errores que rápidamente eran solucionados, se sucedían las pautas. Andrés volaba.
A las dos horas el profesor dio por terminada la clase, exhausto, jamás había visto algo semejante, dejó tarea para una semana más, como es la norma en clases de música.
La familia hizo un esfuerzo y adquirió un piano, nuestro niño pidió una llave de afinador, costó conseguirla, se le limpió el óxido y ante el asombro y espanto de todos comenzó a ajustar las tres cuerdas correspondientes a cada nota, ahora sí, y comenzó con la tarea, a los dos días había completado los ejercicios en forma perfecta.
El maestro aún no recuperado, escuchó los ejercicios perfectamente ejecutados, ya estaba perdiendo la capacidad de asombro, a los tres meses acompañó a Andrés a rendir el examen de admisión al Conservatorio Izidor Handler. Tenía nivel de quinto año y ahí lo ubicaron.
Don Leandro Ríos, el maestro de ahí en adelante, disfrutó de fama y prosperidad como gran profesor y descubridor de talentos.