LAS TRES FUERZAS FUNDACIONALES – GRATITUD, DOCTRINA Y LEGADO


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Ninguna obra intelectual ni trayectoria al servicio de la república nace del vacío o de la mera improvisación. El árbol que extiende sus ramas para ofrecer sombra y frutos duraderos debe su fortaleza a las raíces profundas que lo sostienen en la tierra y lo nutren. Las noventa y cuatro columnas que componen el presente…

Ninguna obra intelectual ni trayectoria al servicio de la república nace del vacío o de la mera improvisación. El árbol que extiende sus ramas para ofrecer sombra y frutos duraderos debe su fortaleza a las raíces profundas que lo sostienen en la tierra y lo nutren. Las noventa y cuatro columnas que componen el presente volumen, así como las decisiones y reformas que me correspondió liderar en la primera línea de la gestión pública y la alta dirección académica, son el resultado directo de una genealogía del espíritu; el testimonio vivo de tres grandes energías y fuerzas motivacionales que modelaron mi forma de ser, de pensar y de caminar en la vida. Este anexo constituye un acto de estricta justicia y de profunda gratitud filial hacia tres personalidades determinantes que marcaron mi existencia, me proveyeron de certezas axiológicas indestructibles y me enseñaron que el verdadero sentido de la vida radica en el despliegue virtuoso de la persona y en la entrega incondicional a los demás: el R.P. Roberto Polain Cartier, Jaime Guzmán Errázuriz y Gonzalo Rojas Sánchez.

 

## El Cura Polain y la Mística del Colegio Notre Dame: “Aquí forjamos nuestras armas”

La primera gran fuerza fundacional de mi vida se sembró en los años de juventud bajo el alero protector del Colegio Notre Dame y la imponente figura de su líder fundador, el Reverendo Padre Roberto Polain. Fue allí donde absorbí un marco antropológico que se transformaría en la piedra angular de mi carácter y de mi posterior quehacer ciudadano.

La mística de nuestra formación escolar quedó indisolublemente sintetizada en un lema imperecedero que cruzó los patios, las aulas y las conciencias de cada alumno: «Aquí forjamos nuestras armas». Lejos de cualquier interpretación de carácter bélico o agresivo, el Cura Polain nos enseñó, con una pedagogía profundamente inspirada y rigurosa, que las "armas" eran las virtudes morales y las herramientas formativas indispensables para enfrentar con templanza los desafíos futuros de la existencia. Forjar implicaba un proceso activo, constante, diario y muchas veces exigente, donde el espíritu y el carácter debían ser trabajados con la misma minuciosidad con la que un artesano moldea y templa el metal en la fragua para otorgarle forma, ductilidad y resistencia ante la adversidad.

Bajo la dirección del Cura Polain, la educación jamás se redujo a una fría acumulación de conocimientos teóricos o destrezas procedimentales. El acento estuvo puesto invariablemente en la formación integral del "ser", donde valores esenciales como la responsabilidad personal, la cortesía caballeresca, el compañerismo indisoluble, la lealtad y la capacidad permanente de superación eran concebidos como las verdaderas credenciales de un hombre bien preparado. Para materializar este ideal, el colegio implementó un riguroso sistema de seguimiento y autoevaluación continua, ejemplificado en la histórica Papeleta Semanal, un mecanismo que nos habituó a temprana edad a la rendición de cuentas, la disciplina interna y el examen concienzudo de nuestros actos.

El gran legado del Cura Polain fue entregarnos el protagonismo de nuestro propio proceso de desarrollo. El colegio proveía un entorno moral seguro y una doctrina clara, pero era cada estudiante el responsable directo de empuñar las herramientas y labrar su propio destino, cimentando una sensibilidad social y una rectitud que me acompañarían décadas más tarde en las universidades del norte y en los salones de la administración del Estado.

 

## Jaime Guzmán Errázuriz: La Trascendencia del Servicio Público y la Coherencia Doctrinal

Si el colegio templó el carácter inicial, la segunda gran fuerza de mi itinerario vital se encendió al descubrir la vocación pública y el rigor teológico-político de la mano de Jaime. Su magisterio intelectual y su testimonio de vida representaron el puente definitivo entre las certezas valóricas de la juventud y el compromiso irrenunciable con el destino de nuestra patria.

Jaime encarnó, como pocos, la figura del maestro que concibe la acción política y la gestión del Estado no como un escenario para la vanidad, el privilegio transaccional o el oportunismo coyuntural, sino como una carga noble, una alta responsabilidad moral y un ejercicio estricto de servicio desinteresado hacia los conciudadanos. A través de sus lúcidas cátedras e intervenciones, Jaime formaba en la defensa irrestricta de un orden social fundado en la primacía absoluta de la persona humana sobre las estructuras estatales, combatiendo con valentía el relativismo moral y las corrientes estatistas que pretendían ahogar la iniciativa libre y la soberanía de los cuerpos intermedios.

De Jaime heredé la convicción de que un servidor público debe ser, ante todo, un hombre de doctrina; alguien cuyas decisiones no fluctúen al vaivén de las encuestas ni de las modas ideológicas del momento, sino que se mantengan ancladas en principios permanentes de justicia, bien común y subsidiariedad. Su influencia me enseñó a mirar los fenómenos sociales con un agudo pensamiento crítico y a comprender que la legitimidad del poder reside únicamente en su capacidad para promover el despliegue espiritual y material de las personas, especialmente de los sectores más vulnerables de nuestra comunidad organizada.

Cuando me correspondió asumir las responsabilidades como Secretario Regional Ministerial, Gobernador Provincial y Delegado Presidencial, el recuerdo de la coherencia y la entrega de Jaime operó siempre como una brújula ética. Su ejemplo me impidió caer en la frialdad tecnocrática o en la componenda menor, recordándome diariamente que el paso por las instituciones públicas debe dejar una huella de integridad, orden y promoción humana que fortalezca la fe pública y el Estado de derecho.

 

## Gonzalo Rojas Sánchez: Cuarenta Años de Mentoría Intelectual y la Maestría de la Pluma

La tercera gran fuerza, fundamental para la existencia misma de este libro, proviene de una cercanía de más de cuarenta años con un intelectual señero, académico riguroso, escritor y columnista implacable: Gonzalo Rojas Sánchez. Su presencia constante en mi vida ha sido un permanente catalizador de superación intelectual, un refugio de debate doctrinal y el estímulo definitivo para volcar mis experiencias en la palabra impresa.

Gonzalo, destacado Doctor e historiador, se ha vinculado a lo largo de su distinguida trayectoria con los más altos servicios académicos, profesionales y de docencia en las más prestigiosas instituciones del país, incluyendo la Pontificia Universidad Católica de Chile, la Universidad de Chile, la Universidad de Concepción, la Universidad de Antofagasta y la Universidad del Desarrollo, entre otras. Su rigor metodológico y su excelencia pedagógica le valieron altísimas distinciones oficiales, tales como la Condecoración al Mérito Universitario por la Universidad Austral de Chile en 1988 y el prestigioso Premio Excelencia Docente otorgado por la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de Chile en 2006. Miembro activo de la Asociación Chilena de Ciencia Política y del Comité Editorial de la Revista Chilena de Derecho, Gonzalo ha consagrado su vida a la defensa de las verdades permanentes y al cultivo del pensamiento riguroso en las nuevas generaciones.

Nuestra significativa amistad y mi participación sistemática en sus charlas, seminarios y cursos de formación moldearon mi propio sentido de la disciplina intelectual. Gonzalo me enseñó a no temerle al debate de las ideas y a comprender que el analista y el gobernante tienen la obligación ética de documentarse con rigurosidad antes de emitir un juicio. Pero, por sobre todo, Gonzalo fue el espejo donde miré el ejercicio de la escritura pública. Como columnista de fuste en medios de circulación nacional como el diario La Nación, las revistas Ercilla, Qué Pasa y Capital, y a través de sus agudas reseñas y columnas, me demostró que la prensa escrita es una trinchera indispensable para combatir la degradación del diálogo y sembrar principios que trasciendan la contingencia del día.

Si las vivencias acumuladas en la Provincia de Limarí y la Región de Coquimbo lograron transformarse en textos fluidos, despojados de la anécdota y ordenados sistemáticamente, se lo debo en gran medida al estándar de exigencia y claridad formal que aprendí al lado de Gonzalo. Él me enseñó a limpiar la pluma, a buscar la elocuencia académica sin perder la cercanía humana y a entender que escribir es, en el fondo, un acto generoso de docencia social extendida.

 

## El Compromiso de un Testimonio Vivo

Al contemplar en retrospectiva las figuras del Cura Polain, de Jaime y de Gonzalo, descubro con humildad que no he sido más que un canalizador de sus enseñanzas; un alumno que intentó con rectitud ser bueno en lo que hacía y honrar el legado recibido. El Proyecto “La Primacía de lo invisible en la Gestión Pública” no me pertenece en exclusividad; es el fruto maduro de una siembra tripartita. Pertenece a la mística escolar que me enseñó a forjar las armas del espíritu, al maestro que me llamó a servir a Chile con coherencia doctrinaria y al mentor intelectual que durante cuarenta años guio mi pensamiento y me impulsó a usar la palabra escrita como un testimonio de fe en el porvenir. A ellos tres, pilares invisibles pero permanentes de mi caminar, les dedico este esfuerzo con la esperanza de que estas páginas sirvan de antecedente fecundo para que nuevas generaciones de ciudadanos aprendan a amar a su patria, a respetar sus instituciones y a crecer integralmente como personas.

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